¿Deseamos realmente lo que creemos querer?
No siempre sabemos qué es lo que buscamos
Hay personas que consiguen aquello que llevaban años deseando.
El trabajo soñado.
La pareja ideal.
La casa perfecta.
Y, sin embargo, poco después vuelven a sentirse insatisfechas.
Otras persiguen continuamente nuevos objetivos sin experimentar nunca la sensación de haber llegado.
Entonces aparece una pregunta.
¿Por qué parece que el deseo nunca termina de satisfacerse?
El psicoanálisis convirtió esta cuestión en uno de sus temas fundamentales.
Porque desear no es lo mismo que necesitar.
Y tampoco es lo mismo que pedir.
Necesidad, demanda y deseo no son lo mismo
Todos tenemos necesidades.
Comer.
Dormir.
Protegernos del frío.
Cuando expresamos esas necesidades a otra persona, se convierten en una demanda.
Pedimos alimento.
Ayuda.
Cariño.
Atención.
Pero el deseo va más allá.
No se reduce a obtener aquello que necesitamos.
Surge precisamente en el espacio que nunca puede llenarse por completo.
Por eso el deseo no desaparece cuando conseguimos lo que queríamos.
Muy a menudo vuelve a ponerse en marcha.
Freud descubrió que el deseo no siempre es consciente
Freud observó que muchas personas actuaban movidas por deseos que ellas mismas desconocían.
Un sueño.
Un lapsus.
Una elección repetida.
Un síntoma.
Podían expresar algo que la conciencia no alcanzaba a reconocer.
Eso no significa que exista un deseo secreto escondido esperando ser descubierto.
Significa que no siempre conocemos las razones profundas que orientan nuestras elecciones.
El deseo habla de nosotros incluso cuando creemos haber decidido racionalmente.
¿Por qué nunca parece suficiente?
A veces pensamos que el problema está en haber elegido mal.
Cuando consiga otro trabajo...
Cuando encuentre a la persona adecuada...
Cuando tenga más tiempo...
Entonces seré feliz.
Pero, al alcanzar esa meta, suele aparecer otra.
No porque seamos incapaces de disfrutar.
Sino porque el deseo humano no funciona como una lista de objetivos que puedan completarse definitivamente.
Siempre queda algo que impulsa a seguir buscando.
Lacan: el deseo nace de la falta
Lacan desarrolló esta idea afirmando que el deseo está profundamente relacionado con la falta.
No deseamos simplemente aquello que nos falta materialmente.
Deseamos porque nunca podemos alcanzar una satisfacción absoluta.
Siempre existe algo que escapa.
Algo que no termina de completarse.
Lejos de ser un defecto, esa falta forma parte de la condición humana.
Es precisamente lo que mantiene vivo el deseo.
También deseamos a través de los demás
Nuestros deseos no nacen aislados.
Desde pequeños aprendemos qué cosas parecen importantes.
Qué merece reconocimiento.
Qué esperan los demás de nosotros.
Muchas veces terminamos persiguiendo objetivos porque imaginamos que nos harán valiosos ante los otros.
Por eso no siempre resulta sencillo distinguir entre aquello que realmente deseamos y aquello que creemos que deberíamos desear.
Un análisis no dice qué debemos desear
Existe una idea equivocada.
Que el psicoanálisis pretende descubrir cuál es el verdadero deseo de una persona.
No funciona así.
El analista no dice qué decisiones tomar.
Ni cuál sería la vida correcta.
El trabajo consiste en que cada persona pueda escuchar con mayor claridad cómo se organiza su propio deseo.
Y reconocer cuándo está viviendo únicamente para satisfacer las expectativas ajenas.
Desear también implica aceptar que nunca lo tendremos todo
A menudo imaginamos una vida en la que nada falte.
Sin conflictos.
Sin pérdidas.
Sin renuncias.
El psicoanálisis considera que esa imagen resulta imposible.
Toda elección deja otras posibilidades atrás.
Toda decisión implica una renuncia.
Aceptar esa condición no elimina el deseo.
Al contrario.
Permite vivirlo de una manera menos angustiosa y más acorde con la propia historia.
Quédate con esto
Para el psicoanálisis, el deseo no es simplemente querer algo.
Es una fuerza que atraviesa toda nuestra vida y que nunca puede reducirse a una necesidad o a un objetivo concreto.
Comprender cómo se construye nuestro deseo no significa dejar de desear.
Significa empezar a reconocer qué lugar ocupa en la manera en que elegimos, amamos y damos sentido a nuestra propia existencia.
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