¿Por qué sentimos que nunca somos suficientes?
Has terminado un proyecto importante.
Recibes una felicitación.
Durante unas horas te sientes satisfecho.
Pero, al poco tiempo, aparece otro pensamiento.
"Podría haberlo hecho mejor."
O quizá:
"Ahora tengo que demostrar que también puedo hacer lo siguiente."
Es una sensación curiosa.
Por mucho que consigamos, parece que siempre falta algo para sentir que, por fin, estamos a la altura.
¿Por qué ocurre?
Siempre parece existir un "más"
Muchas personas viven con una sensación constante de insuficiencia.
Si aprueban un examen, piensan que podrían haber sacado mejor nota.
Si consiguen un ascenso, sienten que todavía no es suficiente.
Si reciben un elogio, les cuesta creerlo.
Es como correr detrás de una meta que se aleja cada vez que creemos haber llegado.
No nos medimos solo por lo que somos
Todos tenemos una imagen de cómo nos gustaría ser.
Más tranquilos.
Más inteligentes.
Más atractivos.
Más exitosos.
Más seguros.
Esa imagen puede servirnos de inspiración.
El problema aparece cuando dejamos de verla como un horizonte y empezamos a utilizarla como un juez.
Entonces dejamos de valorar quiénes somos.
Solo vemos la distancia que nos separa de ese ideal.
La comparación nunca termina
Vivimos rodeados de ejemplos de personas que parecen hacerlo mejor que nosotros.
Siempre hay alguien que sabe más.
Que gana más dinero.
Que viaja más.
Que tiene una familia aparentemente perfecta.
Que parece vivir sin dudas.
Si utilizamos a los demás como medida de nuestro valor, el resultado casi siempre será el mismo.
Sentiremos que nos falta algo.
La voz que nunca queda satisfecha
Muchas personas descubren que la exigencia no viene solo del exterior.
Existe una especie de voz interior que parece repetir constantemente:
"Podrías haber hecho más."
"No es suficiente."
"Todavía no."
Lo curioso es que esa voz rara vez desaparece cuando alcanzamos un objetivo.
Simplemente cambia de objetivo.
Por eso algunas personas viven agotadas incluso cuando todo les va razonablemente bien.
Un ejemplo cotidiano
Imagina que llevas semanas preparando una presentación importante.
Todo sale bien.
Tus compañeros te felicitan.
Tu responsable reconoce el trabajo.
Sin embargo, al volver a casa no piensas en lo que ha salido bien.
Solo recuerdas aquella frase que podrías haber dicho mejor.
Ese pequeño detalle termina ocupando todo el espacio.
No porque haya sido realmente importante.
Sino porque tu atención está entrenada para buscar aquello que falta.
¿Qué puede aportar el psicoanálisis?
El psicoanálisis propone una idea sencilla, pero muy útil.
No sufrimos únicamente por lo que somos.
También sufrimos por la distancia entre quienes somos y quienes creemos que deberíamos ser.
Esa distancia nunca desaparece por completo.
Porque el ideal cambia constantemente.
Cuando alcanzamos una meta, aparece otra.
Y después otra más.
Por eso intentar sentirnos suficientes únicamente acumulando logros suele convertirse en una carrera interminable.
Aceptar que nunca seremos perfectos
Esto no significa renunciar a mejorar.
Ni dejar de aprender.
Significa reconocer que una vida plenamente humana siempre incluye límites, errores e imperfecciones.
No necesitamos convertir cada fallo en una prueba de que no valemos.
A veces basta con aceptar que hacer las cosas razonablemente bien ya es suficiente.
Y que no todo tiene que ser extraordinario para tener valor.
¿Y si la pregunta fuera otra?
Quizá la cuestión no sea:
"¿Soy suficiente?"
Sino:
"¿Quién decidió qué significa ser suficiente?"
Muchas de las exigencias con las que vivimos ni siquiera nacieron de nosotros.
Las fuimos incorporando poco a poco a través de la familia, la escuela, el trabajo, la cultura o las redes sociales.
Cuestionarlas no significa dejar de crecer.
Significa empezar a elegir cuáles merecen realmente la pena.
Quédate con esto
Sentir que nunca somos suficientes es una experiencia mucho más común de lo que parece.
El problema no suele estar en todo lo que nos falta, sino en compararnos continuamente con un ideal imposible de alcanzar.
El psicoanálisis nos invita a mirar esa exigencia con otros ojos y a descubrir que nuestro valor como personas nunca depende de ser perfectos.
Quizá no necesitemos convertirnos en alguien distinto para empezar a vivir con más tranquilidad.
Tal vez baste con dejar de exigirnos una perfección que nadie puede alcanzar.
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