¿Por qué procrastinamos?
Sabes que tienes que hacerlo.
Responder ese correo.
Empezar ese proyecto.
Estudiar.
Ordenar la casa.
Llamar a alguien.
Te dices que lo harás dentro de un rato.
Después de comer.
Mañana.
El fin de semana.
Y, mientras el tiempo pasa, la tarea sigue ahí.
Cada vez pesa más.
Y también crece la culpa por no haber empezado.
¿Por qué ocurre?
¿Por qué aplazamos precisamente aquello que sabemos que es importante?
No siempre es pereza
Cuando pensamos en la procrastinación solemos imaginar a alguien desorganizado o poco trabajador.
Sin embargo, muchas personas que procrastinan son responsables, comprometidas e incluso muy exigentes consigo mismas.
No es que no quieran hacer las cosas.
A menudo ocurre exactamente lo contrario.
Les importan tanto que empezar resulta más difícil.
Lo que evitamos no siempre es la tarea
Imagina que tienes que hacer una presentación importante.
El problema quizá no sea preparar las diapositivas.
Lo que realmente pesa puede ser otra cosa.
El miedo a equivocarte.
A no estar a la altura.
A que los demás te juzguen.
A decepcionar.
Sin darte cuenta, no retrasas únicamente el trabajo.
También retrasas la posibilidad de sentir esas emociones.
El perfeccionismo puede paralizar
Hay una idea que parece ayudar, pero muchas veces hace justo lo contrario.
"Lo haré cuando tenga el tiempo perfecto."
"Cuando esté más inspirado."
"Cuando pueda hacerlo realmente bien."
El problema es que ese momento perfecto casi nunca llega.
Mientras esperamos las condiciones ideales, la tarea permanece inmóvil.
Y nosotros también.
Empezar significa aceptar que puede salir mal
Mientras un proyecto solo existe en nuestra imaginación, todavía puede ser perfecto.
Pero en cuanto empezamos a hacerlo, aparece la posibilidad del error.
Ya no trabajamos con una idea ideal.
Trabajamos con algo real.
Y lo real siempre tiene límites.
Por eso, a veces, no empezar resulta menos angustioso que descubrir que nuestro trabajo no es exactamente como lo habíamos imaginado.
Un ejemplo cotidiano
Llevas meses pensando en aprender un idioma.
Incluso has comprado un curso.
Cada lunes decides que empezarás esa misma tarde.
Pero siempre surge otra cosa.
Una serie.
Un poco de orden.
Un café.
Revisar el móvil.
No porque esas actividades sean más importantes.
Sino porque empezar significaría comprobar cuánto sabes realmente.
Y esa posibilidad produce más inquietud de la que parece.
¿Qué puede aportar el psicoanálisis?
El psicoanálisis propone una pregunta diferente.
En lugar de preguntarnos únicamente:
"¿Por qué no empiezo?"
Nos invita a preguntarnos:
"¿Qué emoción estoy intentando aplazar al no empezar?"
A veces aparece el miedo al fracaso.
Otras veces el miedo a no cumplir nuestras propias expectativas.
Incluso puede existir el temor a que, si las cosas salen bien, cambie la imagen que tenemos de nosotros mismos o la relación con quienes nos rodean.
La procrastinación deja entonces de ser solo un problema de organización.
Se convierte en una manera de protegernos de una angustia que todavía no sabemos cómo afrontar.
El círculo que se alimenta solo
Lo curioso es que procrastinar suele producir un alivio inmediato.
Durante unas horas dejamos de pensar en la tarea.
Pero ese alivio dura poco.
Pronto reaparece la preocupación.
Y, además, se suma una nueva sensación:
La culpa por haber seguido posponiéndolo.
Así se forma un círculo difícil de romper.
Cuanto más esperamos, más grande parece la tarea.
Y cuanto más grande parece, más cuesta empezar.
Dar el primer paso
Muchas veces imaginamos que necesitamos motivación para comenzar.
Pero, con frecuencia, ocurre al revés.
La motivación aparece después de empezar.
No hace falta terminar todo hoy.
Ni hacerlo perfecto.
A veces basta con dedicar cinco minutos.
Abrir el documento.
Escribir la primera línea.
Hacer la primera llamada.
Ese pequeño movimiento rompe algo muy importante:
La idea de que solo podemos actuar cuando desaparezca por completo el miedo.
Quédate con esto
Procrastinar no siempre significa ser perezoso o desorganizado.
Muchas veces significa que la tarea nos enfrenta a emociones difíciles, como el miedo al fracaso, a la crítica o a no estar a la altura.
El psicoanálisis nos invita a mirar más allá del retraso y preguntarnos qué estamos intentando evitar cuando dejamos las cosas para después.
Comprender esa diferencia no hace desaparecer la dificultad de un día para otro.
Pero puede ser el primer paso para dejar de luchar contra nosotros mismos y empezar a comprendernos mejor.
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