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¿Por qué nos cuesta tomar decisiones?

Elegir nunca consiste solo en ganar una opción. También implica renunciar a las demás, y eso no siempre resulta fácil.

Todos los públicos 8 min
¿Por qué nos cuesta tomar decisiones?

¿Por qué nos cuesta tomar decisiones?

Todos hemos vivido alguna vez esa situación.

Llevamos días pensando qué hacer.

Damos vueltas una y otra vez al mismo problema.

Pedimos opinión a varias personas.

Hacemos listas de ventajas e inconvenientes.

Y, aun así, seguimos sin decidirnos.

Desde fuera puede parecer una cuestión de falta de información.

Sin embargo, muchas veces conocemos perfectamente las opciones. Lo que resulta difícil no es entenderlas, sino elegir una de ellas.

¿Por qué ocurre?

Desde el psicoanálisis, decidir nunca consiste únicamente en escoger un camino. También implica renunciar a otros, asumir las consecuencias y aceptar que nunca podremos tener la certeza absoluta de haber elegido lo mejor.


Decidir significa renunciar

Cuando elegimos una opción, automáticamente dejamos atrás las demás.

Si aceptamos un trabajo, descartamos otros.

Si nos mudamos de ciudad, dejamos una vida conocida.

Si iniciamos una relación, renunciamos a otras posibilidades.

Toda decisión implica una pérdida.

Y perder, aunque sea algo que nunca llegamos a vivir, también puede doler.

Por eso algunas decisiones resultan mucho más difíciles de lo que parecen.


Queremos estar seguros... pero la certeza no existe

A menudo buscamos la decisión perfecta.

La que garantice que todo saldrá bien.

La que elimine cualquier posibilidad de arrepentimiento.

Pero esa decisión no existe.

La vida nunca ofrece garantías completas.

Siempre hay una parte del futuro que permanece abierta.

Aceptar esa incertidumbre forma parte de vivir.


El miedo a equivocarnos puede paralizarnos

Muchas personas no buscan tanto acertar como evitar el error.

Piensan:

"¿Y si me arrepiento?"

"¿Y si después descubro que había una opción mejor?"

"¿Y si decepciono a alguien?"

Entonces aparece la parálisis.

Mientras no decidimos, todavía parece posible conservar todas las alternativas.

Aunque, en realidad, el tiempo también decide por nosotros.


A veces el conflicto está dentro de nosotros

No siempre queremos una sola cosa.

Es frecuente desear dos opciones al mismo tiempo.

Queremos independencia, pero también seguridad.

Deseamos cambiar de trabajo, pero tememos perder estabilidad.

Nos gustaría decir lo que pensamos, pero también queremos seguir siendo aceptados.

No existe una parte buena y otra mala.

Simplemente conviven deseos diferentes que tiran de nosotros en direcciones opuestas.


Elegir también implica responsabilizarse

Mientras no tomamos una decisión, todavía podemos imaginar que otra persona resolverá el problema.

Que las circunstancias cambiarán.

Que aparecerá una oportunidad perfecta.

Pero cuando decidimos, aceptamos que somos nosotros quienes respondemos por esa elección.

Y esa responsabilidad puede dar vértigo.

No porque seamos débiles.

Sino porque crecer también significa aceptar que nadie puede decidir completamente por nosotros.


No decidir también es una decisión

A veces creemos que estamos evitando elegir.

Pero permanecer inmóviles también tiene consecuencias.

Una relación puede terminar.

Una oportunidad puede desaparecer.

El tiempo sigue avanzando.

No decidir no nos mantiene fuera del problema.

Simplemente deja que otros factores decidan en nuestro lugar.


El deseo nunca habla con una sola voz

El psicoanálisis nos recuerda que el ser humano no siempre sabe exactamente lo que desea.

Podemos querer algo y, al mismo tiempo, temerlo.

Por eso algunas decisiones despiertan tanta angustia.

No porque sean imposibles.

Sino porque ponen en juego partes distintas de nosotros mismos.

Comprender ese conflicto suele ayudar más que intentar eliminarlo.


Decidir no consiste en acertar siempre

Muchas personas esperan sentirse completamente convencidas antes de actuar.

Pero esa sensación rara vez llega.

En muchas ocasiones solo descubrimos si una decisión era adecuada después de haberla vivido.

La experiencia termina respondiendo preguntas que el pensamiento, por sí solo, nunca podía resolver.


Quédate con esto

Tomar decisiones no resulta difícil porque nos falte inteligencia.

Resulta difícil porque toda elección implica renunciar, asumir incertidumbre y hacernos responsables de nuestro camino.

Esperar la decisión perfecta suele mantenernos inmóviles.

Aceptar que ninguna elección ofrece garantías absolutas nos permite, poco a poco, empezar a caminar.

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