¿Por qué nos cuesta poner límites?
Decir "hasta aquí" no siempre resulta fácil
Un compañero de trabajo nos pide otro favor cuando ya estamos desbordados.
Un familiar opina constantemente sobre nuestras decisiones.
Un amigo llama a cualquier hora esperando que estemos disponibles.
Sentimos que algo nos incomoda.
Sabemos que deberíamos decir:
"Prefiero que esto no sea así."
"Hoy no puedo."
"Necesito que respetes mi decisión."
Pero las palabras no salen.
O, si salen, inmediatamente aparece la culpa.
¿Por qué poner límites puede resultar tan difícil?
Muchas personas creen que es una cuestión de carácter.
Sin embargo, el psicoanálisis muestra que suele tener una historia mucho más profunda.
Un límite no es un muro
Cuando hablamos de poner límites, muchas personas imaginan discusiones, enfados o rupturas.
Pero un límite no consiste en alejar a los demás.
Consiste en señalar dónde termina nuestro espacio y dónde comienza el del otro.
Gracias a los límites podemos convivir, cuidar nuestras relaciones y proteger aquello que necesitamos.
Sin ellos, es fácil que aparezca el agotamiento o el resentimiento.
Aprendimos muy pronto a responder a los demás
Desde pequeños descubrimos que los demás esperan cosas de nosotros.
Que agradecen determinadas conductas.
Que se enfadan con otras.
Poco a poco aprendemos a adaptarnos.
Esta capacidad es necesaria para vivir en sociedad.
El problema aparece cuando responder siempre a las expectativas ajenas se convierte en nuestra única manera de relacionarnos.
Entonces empezamos a olvidar una pregunta muy importante:
"¿Qué necesito yo?"
El miedo al conflicto
Muchas personas no evitan poner límites porque sean débiles.
Lo hacen porque temen las consecuencias.
Piensan:
"Se va a enfadar."
"Va a pensar que soy egoísta."
"Quizá deje de quererme."
Sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si cualquier desacuerdo pudiera poner en peligro la relación.
Entonces preferimos callar.
Aunque eso signifique renunciar una y otra vez a nosotros mismos.
La culpa aparece enseguida
Hay personas que consiguen decir que no.
Pero inmediatamente sienten que han hecho algo malo.
No han insultado.
No han faltado al respeto.
Simplemente han protegido su tiempo, su descanso o sus necesidades.
Y, aun así, aparece la culpa.
Muchas veces esa culpa nace porque sentimos que no estamos siendo la persona que creemos que deberíamos ser.
Siempre disponible.
Siempre amable.
Siempre dispuesta a ayudar.
Como ese ideal es imposible de cumplir, cualquier límite parece convertirse en una falta.
Cuando nunca ponemos límites
Al principio parece que todo funciona.
Los demás cuentan con nosotros.
Nos consideran generosos.
Responsables.
Disponibles.
Pero con el tiempo suele aparecer otra cara de la situación.
Cansancio.
Frustración.
Sensación de que nadie tiene en cuenta nuestras necesidades.
Incluso puede surgir una pregunta dolorosa.
"¿Por qué los demás siempre me piden tanto?"
A veces la respuesta no está únicamente en los demás.
También tiene que ver con la dificultad que tenemos para mostrar dónde están nuestros propios límites.
Poner límites también es cuidar la relación
Existe una idea muy extendida.
Que poner límites rompe los vínculos.
Sin embargo, suele ocurrir lo contrario.
Cuando una persona nunca expresa lo que necesita, el malestar se va acumulando.
Y tarde o temprano acaba apareciendo en forma de discusiones, reproches o distanciamiento.
Un límite claro y respetuoso suele evitar problemas mucho mayores.
No es una forma de rechazar al otro.
Es una forma de hacer posible una relación más sincera.
Cuidar de uno mismo no es egoísmo
Durante mucho tiempo se ha confundido cuidar de uno mismo con pensar únicamente en uno mismo.
Pero no son la misma cosa.
El egoísmo consiste en ignorar constantemente las necesidades de los demás.
Poner límites consiste en reconocer que las nuestras también existen.
No podemos estar disponibles para todo el mundo todo el tiempo.
Aceptar ese hecho no nos convierte en peores personas.
Simplemente nos recuerda que también somos seres humanos con necesidades, cansancio y deseos propios.
Quédate con esto
Poner límites no significa dejar de querer a los demás.
Significa dejar de desaparecer uno mismo dentro de la relación.
Cuando aprendemos a decir con respeto lo que necesitamos, los vínculos no tienen por qué romperse.
Al contrario.
Muchas veces empiezan a construirse sobre algo mucho más sólido que el miedo a decepcionar.
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