¿Por qué nos cuesta decir que no?
Todos hemos dicho "sí" cuando queríamos decir "no"
Un compañero nos pide un favor cuando estamos agotados.
Un familiar nos propone un plan que realmente no nos apetece.
Alguien nos pide dinero, tiempo o ayuda, y aunque sentimos que deberíamos negarnos, acabamos aceptando.
Mientras respondemos "sí", algo dentro de nosotros protesta.
Después aparece el enfado.
Pero no suele ser con la otra persona.
Es con nosotros mismos.
"Otra vez he cedido."
"¿Por qué no he sido capaz de decir que no?"
Muchas personas creen que esto ocurre porque tienen poco carácter o porque son demasiado buenas. Sin embargo, el psicoanálisis propone otra forma de entenderlo.
La dificultad para decir que no suele tener una historia.
No nace en el momento en que alguien nos hace una petición. Se ha ido construyendo mucho antes.
Desde pequeños aprendemos a responder al deseo de los demás
Ningún ser humano nace sabiendo quién es.
Al comenzar la vida dependemos completamente de quienes nos cuidan. No solo necesitamos alimento y protección; también necesitamos sus palabras, su atención y su reconocimiento.
Poco a poco aprendemos qué comportamientos generan aprobación y cuáles provocan enfado, distancia o decepción.
Sin darnos cuenta, empezamos a preguntarnos:
"¿Qué esperan de mí?"
Esta pregunta nos acompaña durante toda la vida.
En psicoanálisis se habla del Otro para referirse, entre otras cosas, a ese lugar desde el que recibimos el lenguaje, las normas, los ideales y las expectativas. Gran parte de nuestra personalidad se construye intentando responder a esas expectativas.
Por eso, muchas veces decir "sí" no significa que realmente queramos hacerlo.
Significa que seguimos intentando satisfacer algo que creemos que los demás esperan de nosotros.
El miedo a perder el cariño
En muchas ocasiones lo que realmente tememos no es la reacción inmediata de la otra persona.
Lo que aparece es un temor mucho más profundo.
Pensamos:
"Si digo que no, dejarán de quererme."
"Pensarán que soy egoísta."
"Voy a decepcionarles."
Aunque estas ideas rara vez se expresan de forma consciente, pueden influir enormemente en nuestras decisiones.
Para muchas personas, poner un límite se vive casi como un riesgo afectivo.
Como si cada "no" pudiera poner en peligro el vínculo.
La culpa aparece incluso cuando no hemos hecho nada malo
Resulta curioso que muchas personas se sientan culpables simplemente por proteger su tiempo, su descanso o sus necesidades.
No han perjudicado a nadie.
No han faltado al respeto.
Simplemente han dicho:
"Hoy no puedo."
Y, sin embargo, aparece la culpa.
Desde el psicoanálisis, la culpa no siempre nace de haber actuado mal. Muchas veces aparece cuando sentimos que no estamos respondiendo al ideal que hemos construido sobre cómo deberíamos ser.
Ese ideal puede exigirnos estar siempre disponibles, ayudar a todo el mundo o no decepcionar nunca a nadie.
Como es imposible cumplir esas exigencias permanentemente, la culpa termina convirtiéndose en una compañera habitual.
Decir siempre que sí también tiene un precio
Cuando una persona nunca pone límites, suele ocurrir algo paradójico.
Al principio intenta evitar conflictos.
Pero poco a poco comienzan a aparecer otros problemas.
Cansancio.
Resentimiento.
Sensación de que los demás se aprovechan.
Pérdida del propio deseo.
Es frecuente escuchar frases como:
"Siempre hago lo que quieren los demás."
"Hace mucho que no sé lo que quiero yo."
En esos casos, el problema ya no consiste únicamente en no saber decir que no.
Consiste en haber dejado de escuchar el propio deseo.
Poner límites no es dejar de querer
Existe una idea muy extendida según la cual querer a alguien significa estar siempre disponible.
Sin embargo, ocurre justamente lo contrario.
Las relaciones más sanas suelen ser aquellas en las que cada persona puede expresar sus deseos y también sus límites.
Un "no" dicho con respeto no destruye necesariamente un vínculo.
Muchas veces lo hace más verdadero.
Porque deja de sostenerse únicamente sobre la complacencia.
Aprender a escuchar el propio deseo
El objetivo no consiste en decir que no a todo.
Ni en volverse más duro.
Ni en dejar de ayudar a los demás.
La cuestión es poder preguntarse, antes de responder:
"¿Qué quiero realmente?"
Esta pregunta puede parecer sencilla.
Pero para muchas personas resulta sorprendentemente difícil.
Responderla implica dejar de vivir únicamente desde las expectativas ajenas y empezar a reconocer el lugar del propio deseo.
No existe una respuesta perfecta.
Habrá ocasiones en las que querremos ayudar.
Y otras en las que necesitaremos proteger nuestro tiempo, nuestra energía o nuestro descanso.
Poder elegir es mucho más importante que responder siempre de la misma manera.
Quédate con esto
Decir siempre que sí no suele ser una muestra de generosidad ilimitada.
Con frecuencia expresa el miedo a perder el amor, el reconocimiento o el lugar que creemos ocupar para los demás.
Aprender a decir que no no consiste en dejar de querer.
Consiste en descubrir que nuestro deseo también merece un lugar.
Cuando un "no" nace de ese reconocimiento, deja de ser una agresión y se convierte en una forma de cuidar tanto la relación con los demás como la relación con uno mismo.
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