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¿Por qué nos cuesta decir lo que realmente pensamos?

A veces callamos no porque no sepamos qué pensamos, sino porque tememos lo que pueda pasar si lo decimos.

Todos los públicos 8 min
¿Por qué nos cuesta decir lo que realmente pensamos?

¿Por qué nos cuesta decir lo que realmente pensamos?

Estás en una conversación.

Alguien hace un comentario con el que no estás de acuerdo.

Sabes perfectamente lo que piensas.

Incluso encuentras las palabras adecuadas.

Pero decides callar.

Quizá sonríes.

Quizá cambias de tema.

Quizá respondes con algo que realmente no refleja tu opinión.

Más tarde, ya en casa, piensas:

"Debería haber dicho lo que pensaba."

¿Por qué nos ocurre tantas veces?


Callar también es una decisión

A veces creemos que no hablamos porque no sabemos qué decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre justo lo contrario.

Sabemos perfectamente cuál es nuestra opinión.

Lo que nos cuesta es asumir las consecuencias de expresarla.

Porque hablar nunca consiste solo en pronunciar unas palabras.

También significa exponernos a la respuesta del otro.


El miedo a molestar

Muchas personas callan para evitar un conflicto.

Piensan:

"No merece la pena discutir."

O:

"No quiero que se enfade."

O incluso:

"Seguro que estoy exagerando."

Con frecuencia intentamos proteger la relación.

Pero, poco a poco, ese silencio también puede acabar alejándonos de nosotros mismos.


Queremos seguir siendo aceptados

Desde pequeños aprendemos que agradar tiene ventajas.

Cuando los demás aprueban lo que hacemos, sentimos tranquilidad.

Cuando desaprueban nuestras palabras o nuestras decisiones, aparece la incomodidad.

Por eso no resulta extraño que muchas veces adaptemos lo que decimos para conservar esa aceptación.

El problema surge cuando esa adaptación se convierte en una costumbre.


No siempre callamos por miedo

Hay otra posibilidad.

A veces no hablamos porque todavía no sabemos exactamente qué pensamos.

Necesitamos tiempo.

Ordenar las ideas.

Encontrar las palabras.

Guardar silencio también puede ser una forma de escucharnos antes de responder.

No todo silencio nace del miedo.

La diferencia está en si elegimos callar o sentimos que no podemos hacer otra cosa.


Un ejemplo cotidiano

Imagina que varios amigos organizan un plan que realmente no te apetece.

Preferirías hacer otra cosa.

Sin embargo, aceptas.

No quieres parecer raro.

Ni egoísta.

Ni crear un problema.

Durante toda la tarde piensas que habrías disfrutado mucho más diciendo simplemente:

"Hoy prefiero quedarme en casa."

Lo difícil no era tomar la decisión.

Lo difícil era ponerla en palabras.


¿Qué puede aportar el psicoanálisis?

El psicoanálisis recuerda que hablar nunca es un acto completamente neutro.

Cada vez que decimos lo que pensamos, mostramos algo de nosotros.

Nuestros deseos.

Nuestros límites.

Nuestra forma de ver el mundo.

Y eso siempre implica un cierto riesgo.

Porque los demás pueden estar de acuerdo.

O no.

Aprender a hablar también consiste en aceptar que no podemos controlar completamente cómo reaccionarán los otros.


Encontrar una voz propia

Decir lo que pensamos no significa decir todo lo que se nos pasa por la cabeza.

Ni hablar sin tener en cuenta a los demás.

Significa poder expresar nuestras ideas con respeto, sin sentir que debemos esconderlas continuamente para merecer el afecto de quienes nos rodean.

Una relación sana permite diferencias.

No necesita que todos piensen exactamente igual.


Hablar también es confiar

Cada vez que expresamos una opinión sincera hacemos un pequeño acto de confianza.

Confiamos en que el otro podrá escucharla.

Y también en que nosotros podremos sostenerla, aunque no reciba la aprobación de todos.

Esa confianza no aparece de un día para otro.

Se construye poco a poco.

Cada vez que descubrimos que ser nosotros mismos no destruye necesariamente nuestros vínculos.


Quédate con esto

Muchas veces no nos cuesta decir lo que pensamos porque no tengamos una opinión.

Nos cuesta porque hablar significa exponernos a la reacción de los demás.

El psicoanálisis nos recuerda que encontrar una voz propia no consiste en hablar más fuerte, sino en poder expresar lo que sentimos y pensamos sin vivir únicamente pendientes de la aprobación ajena.

Hablar con autenticidad no garantiza que todos estén de acuerdo con nosotros.

Pero sí nos permite vivir de una forma más coherente con quienes somos.

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