¿Por qué nos comparamos constantemente con los demás?
Seguro que te ha pasado alguna vez.
Ves que un compañero consigue un ascenso. Un amigo parece tener una relación perfecta. Alguien de tu edad ha comprado una casa, viaja por el mundo o parece disfrutar de una vida ideal.
Y, casi sin darte cuenta, aparece una pregunta incómoda:
"¿Por qué yo no?"
Compararnos con los demás es una de las experiencias más comunes del ser humano. Lo hacemos desde pequeños y seguimos haciéndolo durante toda la vida.
Pero ¿por qué nos resulta tan difícil dejar de hacerlo?
Compararse es algo natural
Compararse no es, en sí mismo, un problema.
Desde niños aprendemos observando a quienes nos rodean. Nos fijamos en cómo hablan, cómo actúan, qué saben hacer o qué esperan de nosotros.
Gracias a esa comparación aprendemos a desenvolvernos en el mundo.
El problema aparece cuando dejamos de utilizarla para aprender y empezamos a utilizarla para medir nuestro valor.
Entonces cada éxito ajeno parece señalar un fracaso propio.
Nunca nos comparamos con todo
Hay algo curioso.
No solemos compararnos con cualquier persona.
Elegimos, casi siempre sin darnos cuenta, a quienes representan aquello que nosotros desearíamos ser.
Si alguien toca el piano extraordinariamente bien y nunca nos ha interesado la música, probablemente no sintamos nada especial.
Pero si alguien consigue exactamente aquello que nosotros llevamos tiempo buscando, la comparación aparece casi de inmediato.
No nos duele el éxito del otro.
Nos duele lo que creemos que dice sobre nosotros.
La mirada de los demás importa más de lo que pensamos
Desde muy pequeños descubrimos quiénes somos a través de quienes nos rodean.
Las palabras, los gestos y las expectativas de los demás contribuyen a formar la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Por eso no basta con preguntarnos cómo somos.
También nos preguntamos continuamente:
"¿Cómo me ven los demás?"
Muchas veces esa pregunta pesa incluso más que la primera.
Las redes sociales no inventaron la comparación
Es fácil pensar que todo empezó con las redes sociales.
En realidad, solo han multiplicado un mecanismo que ya existía.
Antes nos comparábamos con nuestro entorno más cercano.
Hoy podemos hacerlo, en cuestión de minutos, con cientos de personas cuidadosamente seleccionadas para mostrar únicamente sus mejores momentos.
Comparamos nuestra vida cotidiana con la versión más brillante de la vida de los demás.
Y esa comparación nunca resulta justa.
El ideal imposible
Muchas veces no competimos con personas reales.
Competimos con una imagen ideal.
Queremos ser más inteligentes, más atractivos, más exitosos, más interesantes, más felices...
El problema es que ese ideal siempre se desplaza un poco más lejos.
Cuando alcanzamos un objetivo, aparece otro.
Y otro después.
Así, la comparación nunca termina.
Un ejemplo cotidiano
Imagina que una amiga publica una fotografía disfrutando de unas vacaciones.
Tú puedes alegrarte sinceramente por ella.
Pero, al mismo tiempo, aparece un pensamiento silencioso:
"Yo debería estar haciendo algo parecido."
Quizá no deseas exactamente ese viaje.
Lo que duele es la sensación de que los demás parecen avanzar mientras uno permanece detenido.
La comparación no habla solo del otro.
Habla, sobre todo, de la historia que cada uno se cuenta sobre sí mismo.
¿Qué puede aportar el psicoanálisis?
El psicoanálisis no pretende convencernos de que dejemos de compararnos.
Eso sería imposible.
Lo que propone es preguntarnos algo diferente.
Cuando una comparación nos hace sufrir, quizá la cuestión no sea:
"¿Por qué esa persona tiene más que yo?"
Sino:
"¿Qué representa para mí aquello que veo en ella?"
A veces descubrimos que no envidiamos un coche, un trabajo o una pareja.
Lo que realmente buscamos es sentirnos reconocidos, queridos, valiosos o suficientes.
Y eso no siempre depende de conseguir aquello que admiramos en los demás.
Aprender a mirarse de otra manera
Todos necesitamos el reconocimiento de quienes nos rodean.
Forma parte de nuestra condición humana.
Pero cuando nuestro valor depende únicamente de esa comparación constante, acabamos viviendo una carrera que nunca tiene línea de meta.
Siempre habrá alguien más joven.
Más brillante.
Más rico.
Más popular.
Más exitoso.
La verdadera pregunta quizá no sea cómo dejar de compararnos.
Sino cómo dejar de utilizar esa comparación para decidir cuánto valemos.
Quédate con esto
Compararnos con los demás es completamente humano.
El problema comienza cuando creemos que nuestro valor depende de ocupar un lugar mejor que los otros.
El psicoanálisis nos invita a descubrir que muchas veces no perseguimos lo que realmente deseamos, sino aquello que imaginamos que nos haría merecer la mirada y el reconocimiento de los demás.
Comprender esa diferencia puede ser el primer paso para dejar de vivir siguiendo una carrera que nunca termina.
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