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¿Por qué necesitamos que nos quieran?

El deseo de ser queridos forma parte de nuestra condición humana, pero cuando vivimos únicamente para obtener la aprobación de los demás podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Todos los públicos 9 min
¿Por qué necesitamos que nos quieran?

¿Por qué necesitamos que nos quieran?

Todos necesitamos sentirnos queridos

Hay pocas cosas que nos hagan sentir tan bien como notar que alguien nos aprecia.

Una palabra amable.

Un abrazo.

Un mensaje inesperado.

La sensación de que alguien disfruta de nuestra compañía.

Buscar el cariño de los demás no tiene nada de extraño. Forma parte de nuestra condición humana.

Entonces, ¿por qué algunas personas parecen vivir pendientes de la aprobación de los demás?

¿Por qué una crítica puede hundirnos durante días?

¿Por qué, en ocasiones, hacemos cosas que realmente no queremos solo para sentirnos aceptados?

El psicoanálisis ofrece una respuesta que va más allá de la autoestima o de la seguridad personal.

La necesidad de ser queridos tiene una historia que comienza mucho antes de que podamos recordarla.


Al principio dependemos completamente de los demás

Cuando nacemos somos completamente vulnerables.

No podemos sobrevivir sin que alguien nos cuide.

Pero no solo necesitamos alimento.

También necesitamos que alguien nos mire, nos hable, nos calme y responda a nuestras necesidades.

Desde el principio, el cariño no es un simple complemento.

Es una condición para poder desarrollarnos.

Por eso, el deseo de ser queridos no aparece por casualidad.

Forma parte de la manera en que llegamos al mundo.


Queremos saber qué lugar ocupamos para los demás

Con el paso del tiempo dejamos de depender físicamente de quienes nos cuidan.

Sin embargo, seguimos haciéndonos una pregunta que pocas veces formulamos de manera consciente.

"¿Qué soy para los demás?"

Queremos saber si somos importantes.

Si cuentan con nosotros.

Si nos tienen presentes.

En psicoanálisis, esta búsqueda está relacionada con el deseo del Otro.

No buscamos únicamente afecto.

También buscamos un lugar desde el que sentir que nuestra existencia tiene valor para alguien.


Cuando vivir para agradar se convierte en una obligación

El problema aparece cuando toda nuestra tranquilidad depende de la aprobación de los demás.

Entonces empezamos a vigilar continuamente cómo nos ven.

Intentamos no decepcionar.

Evitamos el conflicto.

Buscamos caer bien a todo el mundo.

Cada gesto se convierte en un examen.

Cada crítica parece confirmar que no somos suficientes.

En lugar de vivir nuestra propia vida, terminamos intentando representar el papel que creemos que los demás esperan de nosotros.


Nunca podremos gustar a todo el mundo

Existe una trampa de la que resulta muy difícil escapar.

Cuanto más intentamos agradar a todo el mundo, más nos alejamos de nosotros mismos.

Y, paradójicamente, nunca conseguimos sentir que es suficiente.

Siempre aparece alguien a quien no le gustamos.

Alguien que nos critica.

Alguien que espera algo diferente.

El reconocimiento absoluto simplemente no existe.


El deseo también necesita un lugar

El psicoanálisis no propone dejar de querer a los demás ni dejar de disfrutar de su cariño.

Lo que plantea es otra pregunta.

¿Qué ocurre con nuestro propio deseo?

Cuando toda nuestra energía se dirige a satisfacer las expectativas ajenas, dejamos de escuchar lo que realmente queremos.

No porque desaparezca.

Sino porque queda oculto bajo la necesidad constante de ser aceptados.


Ser querido no es lo mismo que ser uno mismo

Una persona puede recibir el cariño de muchas personas y, aun así, sentirse profundamente vacía.

¿Por qué?

Porque una cosa es recibir afecto.

Y otra muy distinta construir una vida en la que uno pueda reconocerse.

El cariño de los demás es importante.

Pero no puede sustituir el trabajo de descubrir qué queremos, qué deseamos y qué lugar queremos ocupar en nuestra propia vida.


Quédate con esto

Necesitar el cariño de los demás no tiene nada de malo.

Todos lo necesitamos.

El problema aparece cuando nuestra tranquilidad depende exclusivamente de la aprobación ajena.

No podemos controlar cómo nos miran los demás.

Pero sí podemos empezar a preguntarnos si estamos viviendo únicamente para ser queridos o también para ser quienes realmente somos.

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