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La vergüenza

Sentirse visto puede resultar mucho más difícil que sentirse juzgado.

Intermedio 15 min
La vergüenza

La vergüenza

Introducción

Pocas emociones resultan tan difíciles de soportar como la vergüenza.

Cuando sentimos vergüenza queremos desaparecer.

Evitamos mirar a los demás.

Nos ruborizamos.

Buscamos una explicación para justificar lo ocurrido o simplemente deseamos que nadie se haya dado cuenta.

A diferencia de la culpa, que suele relacionarse con algo que creemos haber hecho mal, la vergüenza afecta directamente a la imagen que tenemos de nosotros mismos.

No sentimos únicamente que hemos cometido un error.

Sentimos que nosotros somos el error.

Por eso deja una huella tan profunda.

El psicoanálisis considera que la vergüenza no es simplemente una emoción incómoda, sino una experiencia que revela hasta qué punto nuestra identidad se construye también a través de la mirada de los demás.


¿Por qué este tema nos afecta a todos?

Todos conocemos la vergüenza.

Desde pequeños aprendemos que podemos ser observados, comparados y juzgados.

Una respuesta equivocada en clase.

Un tropiezo delante de otras personas.

Una burla.

Una crítica.

Una humillación.

Incluso un elogio inesperado puede hacernos sentir expuestos.

La vergüenza aparece cuando sentimos que algo íntimo de nosotros ha quedado al descubierto.

No siempre tiene que ver con un hecho importante.

A veces basta una palabra, un gesto o una mirada para que sintamos que ya no controlamos la imagen que ofrecemos al mundo.


¿Por qué nos cuesta comprender la vergüenza?

La mayoría de las personas intenta ocultar aquello que le avergüenza.

Disimulamos.

Sonreímos.

Cambiamos de tema.

Hacemos bromas.

O simplemente dejamos de hablar de determinadas partes de nuestra vida.

La vergüenza tiende al silencio.

Porque nombrarla supone volver a exponerse.

Muchas veces ni siquiera sabemos exactamente de qué nos avergonzamos.

No se trata únicamente de nuestro aspecto físico, de nuestros errores o de nuestras limitaciones.

Con frecuencia sentimos vergüenza de mostrar quiénes somos realmente.

Tememos no resultar suficientes.

No estar a la altura.

No encajar.

Ser rechazados.

Y cuanto más intentamos esconder aquello que nos avergüenza, mayor parece hacerse su poder.


La mirada del psicoanálisis

Freud observó que el ser humano desarrolla una imagen ideal de sí mismo.

Cuando sentimos que nos alejamos de ese ideal aparece el malestar.

La vergüenza surge muchas veces de la distancia entre quienes creemos que deberíamos ser y quienes sentimos que somos.

Lacan añadió un elemento decisivo: la mirada del otro.

No vivimos únicamente bajo nuestra propia mirada.

También nos vemos a través de cómo imaginamos que los demás nos ven.

Por eso la vergüenza no depende solo de lo que ocurre.

Depende también del significado que atribuimos a esa exposición.

Una misma situación puede resultar insoportable para una persona y apenas tener importancia para otra.

La diferencia no está en el hecho.

Está en el lugar que ocupa dentro de la historia singular de cada sujeto.


Un ejemplo cotidiano

Sergio debe presentar un proyecto delante de sus compañeros.

Al comenzar se equivoca en una palabra.

Nadie parece darle importancia.

Algunos incluso sonríen con naturalidad.

Sin embargo, él siente que ha hecho el ridículo.

Durante toda la exposición apenas consigue concentrarse.

Al terminar está convencido de que todos pensarán que es un incompetente.

Horas después descubre que casi nadie recuerda aquel pequeño error.

La vergüenza no nació de la equivocación.

Nació de la manera en que Sergio imaginó la mirada de los demás.


Algunas ideas equivocadas sobre la vergüenza

«La vergüenza aparece porque los demás nos juzgan.»

A veces ocurre así.

Pero con frecuencia somos nosotros quienes imaginamos un juicio mucho más severo del que realmente existe.

La mirada más dura suele encontrarse dentro de nosotros.

«Las personas seguras nunca sienten vergüenza.»

Todos podemos sentirnos expuestos.

La diferencia no está en evitar la vergüenza, sino en no permitir que determine por completo nuestra manera de vivir.

«Ocultar aquello que me avergüenza hará que desaparezca.»

Lo que permanece oculto suele conservar intacto su poder.

Poner palabras a aquello que nos avergüenza puede resultar difícil, pero también puede comenzar a debilitar su influencia.

«Si siento vergüenza, significa que hay algo malo en mí.»

No.

La vergüenza habla de cómo nos vemos y de cómo creemos que somos vistos.

No constituye una prueba de nuestro valor como personas.


¿Qué podemos aprender de la vergüenza?

La vergüenza nos recuerda que necesitamos a los demás.

Nuestra identidad no se construye en soledad.

Desde el principio aprendemos quiénes somos a través de las palabras, los gestos y las miradas que recibimos.

Pero también podemos descubrir que ninguna mirada ajena define por completo quiénes somos.

El psicoanálisis propone escuchar aquello que la vergüenza intenta proteger.

¿Qué parte de nosotros tememos mostrar?

¿Qué ideal sentimos que nunca alcanzaremos?

Responder a esas preguntas puede transformar poco a poco la relación con nosotros mismos.


Para seguir pensando

Quizá la vergüenza no aparezca porque seamos imperfectos.

Tal vez aparezca porque imaginamos que solo mereceremos ser aceptados cuando dejemos de serlo.

Pero nadie vive sin contradicciones.

Nadie está completamente a la altura de sus propios ideales.

Y quizá comenzar a aceptar esa fragilidad sea también una forma de dejar de esconderse y empezar, poco a poco, a mostrarse tal como uno es.

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