La muerte
Introducción
La muerte es la única certeza que compartimos todos los seres humanos. Ninguna cultura ha conseguido eliminarla, ningún avance científico ha logrado evitarla y ninguna persona puede situarse fuera de su alcance. Sin embargo, pocas cuestiones evitamos tanto como esta.
Vivimos haciendo planes para el año que viene, para cuando nos jubilemos o para un viaje dentro de unos meses. Compramos libros que leeremos más adelante, dejamos conversaciones importantes para "otro momento" y discutimos por asuntos que probablemente olvidaremos en pocos días. Actuamos como si el tiempo fuera inagotable.
Solo cuando una enfermedad, un accidente o la pérdida de alguien cercano irrumpe en nuestra vida descubrimos que la muerte nunca había estado lejos. Siempre había permanecido ahí, silenciosa, acompañando cada uno de nuestros proyectos sin hacerse notar.
Pensar en la muerte produce incomodidad. Es una idea que preferimos mantener a distancia porque nos enfrenta a nuestros límites y a aquello que no podemos controlar. Sin embargo, quizá precisamente por eso también nos obliga a formular algunas de las preguntas más importantes de la existencia. ¿Qué significa vivir? ¿Por qué deseamos? ¿Qué hace que una vida tenga sentido? ¿Cómo cambia una persona después de perder a alguien?
El psicoanálisis no pretende responder qué ocurre después de la muerte. Esa pertenece al ámbito de las creencias, de la religión o de la filosofía. Su interés es otro: comprender qué lugar ocupa la muerte en nuestra vida psíquica y cómo influye, muchas veces sin que lo sepamos, en nuestra manera de amar, trabajar, sufrir y relacionarnos con los demás.
¿Por qué este tema nos afecta a todos?
Resulta curioso que podamos pasar años sin pensar seriamente en la muerte y, sin embargo, organizar gran parte de nuestra vida alrededor de ella.
Queremos aprovechar el tiempo porque sabemos, aunque no lo pensemos continuamente, que es limitado. Nos preocupa envejecer. Nos angustia la enfermedad. Intentamos dejar una huella en nuestros hijos, en nuestro trabajo o en aquello que construimos. Incluso muchas decisiones aparentemente prácticas esconden una lucha silenciosa contra la desaparición.
La muerte no solo aparece cuando alguien fallece. También se hace presente cada vez que termina una etapa importante de nuestra vida.
La infancia muere para dejar paso a la adolescencia.
Una relación termina.
Un proyecto fracasa.
Nuestros padres envejecen.
Nuestros hijos dejan de necesitarnos.
Nuestro propio cuerpo cambia con los años.
En cierto modo, vivir implica aceptar pequeñas pérdidas constantes. Cada elección supone renunciar a otras posibilidades. Cada cumpleaños nos recuerda que avanzamos en una única dirección. La existencia está hecha tanto de comienzos como de finales.
Quizá por eso la muerte no constituye únicamente un acontecimiento biológico. También representa el límite que da forma a toda nuestra experiencia.
Si supiéramos que vamos a vivir para siempre, ¿seguirían teniendo el mismo valor nuestras decisiones? ¿Seguiríamos aplazando aquello que realmente importa?
La muerte convierte el tiempo en algo precioso precisamente porque no es infinito.
¿Por qué nos cuesta pensar en la muerte?
La mayoría de las personas no niegan que algún día morirán. Lo saben perfectamente. Sin embargo, viven como si esa certeza perteneciera siempre a un futuro muy lejano.
Existe una diferencia entre saber algo intelectualmente y poder integrarlo emocionalmente.
Podemos comprender que somos mortales y, al mismo tiempo, comportarnos como si la muerte solo afectara a los demás.
Cuando fallece una persona joven solemos decir que "no era su momento". Cuando alguien enferma gravemente pensamos que ha tenido mala suerte. Cuando ocurre una tragedia sentimos que el orden natural de las cosas se ha roto. Estas expresiones muestran hasta qué punto imaginamos la muerte como una excepción, aunque racionalmente sepamos que forma parte de la vida.
Las sociedades contemporáneas también contribuyen a mantener esa distancia.
La muerte ha desaparecido en gran medida de la vida cotidiana. Muchas personas nacen en hospitales y mueren en hospitales. Los cementerios suelen situarse fuera del centro de las ciudades. La publicidad exalta continuamente la juventud, la salud y el éxito. En las redes sociales casi todo parece orientado a mostrar una vida llena de experiencias positivas.
Como consecuencia, la muerte se convierte en algo cada vez más invisible.
Sin embargo, hacerla invisible no significa eliminar su influencia.
En ocasiones aparece disfrazada de ansiedad, de necesidad de control, de miedo al paso del tiempo o de una búsqueda desesperada por dejar una huella permanente.
El psicoanálisis propone que aquello que intentamos expulsar de nuestra conciencia no desaparece por ello. Muchas veces encuentra otros caminos para hacerse presente.
La mirada del psicoanálisis
Desde sus comienzos, el psicoanálisis otorgó a la muerte un lugar importante, aunque no siempre del mismo modo.
Freud descubrió que el ser humano no es completamente dueño de sí mismo. Nuestros actos, nuestras decisiones y nuestros síntomas están atravesados por deseos inconscientes que desconocemos. Esa idea transformó profundamente la manera de entender la vida psíquica.
Con el paso de los años, también comenzó a preguntarse por la presencia de fuerzas que parecían empujar al sujeto hacia la repetición del sufrimiento, incluso cuando este iba en contra de su propio bienestar.
¿Por qué algunas personas vuelven una y otra vez a relaciones destructivas?
¿Por qué repetimos errores que conocemos perfectamente?
¿Por qué ciertos acontecimientos traumáticos regresan una y otra vez en los sueños o en la vida cotidiana?
Estas preguntas llevaron a Freud a formular una de sus ideas más discutidas: la existencia de la pulsión de muerte.
Conviene aclarar desde el principio que esta expresión suele malinterpretarse.
No significa que exista un deseo consciente de morir ni que todas las personas oculten tendencias suicidas.
Freud observó algo mucho más complejo: la existencia de una fuerza que empuja a repetir, a deshacer vínculos, a destruir o incluso a regresar a estados anteriores de menor tensión.
Frente a ella situó las pulsiones de vida, orientadas hacia la conservación, el amor, la creatividad y la construcción de lazos con los demás.
La vida psíquica no estaría gobernada únicamente por una de ellas, sino por la tensión permanente entre ambas.
Lacan: la muerte y el deseo
Lacan retomó muchas de las ideas de Freud, pero desplazó el centro de la cuestión.
Mientras que Freud había desarrollado el concepto de pulsión de muerte para explicar ciertos fenómenos de repetición y destrucción, Lacan puso el acento en la forma en que la muerte introduce un límite en la existencia humana.
El ser humano es el único animal que sabe que va a morir.
Ese conocimiento cambia por completo nuestra manera de vivir.
No solo tenemos necesidades biológicas; también construimos proyectos, recuerdos, promesas y deseos sabiendo que el tiempo es limitado. La muerte deja de ser únicamente un acontecimiento futuro para convertirse en una presencia que acompaña toda nuestra vida.
Paradójicamente, ese límite es también lo que hace posible el deseo.
Si todo pudiera conseguirse inmediatamente y el tiempo fuera infinito, probablemente nada tendría verdadero valor. Deseamos porque no podemos tenerlo todo, porque debemos elegir y porque sabemos, aunque pocas veces lo pensemos, que nuestra vida no será eterna.
Lacan insistía además en que ninguna persona puede representar plenamente su propia muerte. Podemos imaginar funerales, accidentes o enfermedades, pero siempre lo hacemos como espectadores de esas escenas. Resulta imposible experimentar nuestra propia desaparición desde dentro de la experiencia.
Por eso la muerte constituye uno de esos límites ante los que el lenguaje encuentra dificultades. Podemos hablar de ella, pensarla e imaginarla, pero siempre permanece algo que escapa a toda representación.
Un ejemplo cotidiano
Javier tiene cincuenta y cinco años. Lleva décadas diciendo que algún día viajará por Sudamérica. También quiere aprender a tocar el piano y escribir un libro sobre la historia de su familia.
Cada año piensa que todavía hay tiempo.
Primero fue el trabajo.
Después la hipoteca.
Más tarde los hijos.
Ahora cuida de sus padres, que empiezan a depender de él.
Una mañana recibe la noticia de que un antiguo compañero de universidad ha fallecido de manera inesperada.
No eran especialmente amigos, pero tenían la misma edad.
Durante varios días Javier no consigue quitarse esa noticia de la cabeza. Por primera vez comprende que él también pertenece a esa generación que empieza a perder compañeros. Aquello que siempre había considerado lejano deja de parecerlo.
No cambia de vida de un día para otro. Sigue trabajando y continúa con muchas de sus obligaciones. Sin embargo, algo se ha desplazado.
Llama a un viejo amigo con el que llevaba años sin hablar.
Empieza a organizar ese viaje tantas veces aplazado.
Dedica menos energía a discusiones que antes consideraba importantes.
La muerte no le ha enseñado nada nuevo. Siempre había sabido que algún día moriría.
Lo que ha cambiado es la relación con ese conocimiento.
Eso es precisamente lo que interesa al psicoanálisis.
No tanto el hecho biológico de morir como los efectos que la conciencia de nuestra finitud produce sobre la forma de vivir.
Algunas ideas equivocadas sobre la muerte
«Pensar en la muerte es algo negativo.»
No necesariamente.
Evitar cualquier pensamiento sobre la muerte puede generar todavía más ansiedad. Pensarla no significa obsesionarse con ella, sino reconocer que forma parte de la existencia.
En muchas ocasiones aceptar nuestros límites permite vivir con mayor libertad.
«El tiempo cura todas las pérdidas.»
El paso del tiempo, por sí solo, no elabora un duelo.
Hay personas que décadas después siguen atrapadas en una pérdida que nunca pudieron simbolizar, mientras que otras consiguen reconstruir su vida sin olvidar a quien han perdido.
Lo importante no es únicamente cuánto tiempo ha pasado, sino qué lugar ocupa esa pérdida en la historia de cada sujeto.
«Hablar de la muerte atrae pensamientos peligrosos.»
La experiencia clínica muestra precisamente lo contrario.
Aquello que puede nombrarse suele resultar menos amenazante que aquello que permanece completamente silenciado.
Poner palabras a una pérdida, a un miedo o a una angustia no elimina el dolor, pero permite comenzar a darle una forma.
«Aceptar la muerte significa resignarse.»
Aceptar que somos mortales no implica dejar de luchar por vivir mejor.
Significa reconocer que existen límites que ninguna voluntad puede eliminar.
Y precisamente porque esos límites existen, nuestras elecciones adquieren un valor especial.
¿Qué podemos aprender de la muerte?
La muerte nos recuerda algo que con facilidad olvidamos: el tiempo es limitado.
No sabemos cuánto viviremos.
No sabemos cuánto tiempo permanecerán con nosotros las personas que queremos.
No sabemos cuántas oportunidades volverán a repetirse.
Lejos de conducir necesariamente al pesimismo, esta conciencia puede ayudarnos a ordenar nuestras prioridades.
Muchas preocupaciones cotidianas pierden importancia cuando recordamos que nuestra vida no es infinita.
También comprendemos que ninguna existencia puede vivirse sin pérdidas.
Amar implica aceptar que algún día podremos perder.
Elegir un camino significa renunciar a otros.
Crecer supone despedirse continuamente de versiones anteriores de nosotros mismos.
El psicoanálisis no promete eliminar ese dolor.
Tampoco ofrece fórmulas para vencer el miedo a morir.
Lo que propone es algo diferente: escuchar qué relación mantiene cada persona con sus pérdidas, con su deseo y con aquello que considera verdaderamente valioso.
Porque, al final, la pregunta más importante quizá no sea por qué morimos.
Tal vez sea cómo queremos vivir sabiendo que un día dejaremos de hacerlo.
Para seguir pensando
La muerte suele presentarse como el final de la vida.
Sin embargo, también puede entenderse como aquello que da forma a toda nuestra existencia.
Cada decisión implica renunciar a otras posibilidades.
Cada encuentro es irrepetible.
Cada etapa termina para dejar espacio a otra distinta.
Quizá por eso no vivimos a pesar de la muerte, sino también gracias a ella.
Si el tiempo fuera infinito, ¿seguiríamos posponiendo las mismas conversaciones?
¿Amaríamos con la misma intensidad?
¿Tendrían nuestros proyectos el mismo valor?
Tal vez la muerte no solo marque el final de la vida.
Quizá sea también aquello que convierte cada instante en algo único.
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