¿Puede una palabra cambiar una vida?
Imaginemos esta escena.
Una persona lleva meses hablando en terapia sobre un mismo problema.
Cuenta una y otra vez los mismos hechos.
Las mismas quejas.
Las mismas explicaciones.
De pronto, el analista pronuncia una frase muy breve.
No da un consejo.
No ofrece una explicación complicada.
Simplemente dice unas pocas palabras.
Y algo cambia.
No porque haya encontrado la solución.
Sino porque empieza a ver su propia historia desde un lugar completamente distinto.
El psicoanálisis llama interpretación a ese tipo de intervención.
Pero interpretar no significa explicar.
Significa producir un efecto que permita al sujeto escuchar algo nuevo sobre sí mismo.
Interpretar no es decirle al otro lo que le ocurre
En la vida cotidiana solemos pensar que interpretar consiste en descubrir el significado oculto de algo.
Interpretamos un sueño.
Una obra de arte.
El comportamiento de otra persona.
Creemos que existe una explicación correcta y que alguien puede revelárnosla.
El psicoanálisis no entiende la interpretación de ese modo.
El analista no posee un conocimiento secreto sobre la vida del paciente.
No sabe mejor que él quién es ni qué desea.
Su trabajo no consiste en ofrecer respuestas.
Consiste en favorecer que el propio sujeto pueda descubrir algo que hasta ese momento permanecía fuera de su alcance.
Freud: hacer consciente lo inconsciente
Desde los primeros años del psicoanálisis, Freud comprendió que interpretar era una parte esencial del tratamiento.
Cuando analizaba un sueño, un lapsus o un síntoma, no pretendía imponer un significado.
Escuchaba las asociaciones del paciente.
Seguía los caminos que iban apareciendo en su discurso.
La interpretación surgía de ese recorrido.
Su objetivo era hacer consciente aquello que permanecía inconsciente.
No para satisfacer la curiosidad.
Sino porque comprender ciertos conflictos podía modificar la manera de vivirlos.
No existe un diccionario universal de símbolos
Con frecuencia se piensa que el psicoanálisis funciona como una especie de manual.
Si sueñas con agua significa una cosa.
Si olvidas un nombre significa otra.
Si tienes un determinado síntoma, la explicación ya está escrita.
Nada más lejos de la práctica analítica.
Una misma palabra puede tener significados completamente distintos para personas diferentes.
También un mismo sueño.
O un mismo síntoma.
La interpretación nunca depende únicamente del contenido.
Depende de la historia singular de quien habla.
Lacan: interpretar es intervenir sobre el lenguaje
Lacan transformó profundamente la manera de entender la interpretación.
Para él, el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
Eso significa que la interpretación no consiste tanto en explicar un significado como en intervenir sobre la forma en que ese lenguaje funciona.
A veces basta una pregunta.
Una pausa.
Una palabra repetida.
Incluso un silencio.
La interpretación introduce una pequeña ruptura en el discurso habitual del sujeto.
Y esa ruptura puede permitir que aparezca algo nuevo.
Una interpretación no siempre tranquiliza
Muchas personas imaginan al analista diciendo frases profundas que aclaran definitivamente el problema.
En realidad ocurre con frecuencia lo contrario.
Una buena interpretación no siempre ofrece tranquilidad inmediata.
A veces desconcierta.
Hace surgir nuevas preguntas.
Obliga a mirar un aspecto de la propia historia que había pasado desapercibido.
No porque el analista quiera confundir al paciente.
Sino porque aquello que estaba oculto rara vez aparece de forma cómoda.
Un ejemplo cotidiano
Imaginemos a una mujer que repite una frase durante varias sesiones.
"Siempre termino cuidando de los demás."
Habla de su familia.
De su pareja.
De sus amistades.
Siempre vuelve a la misma idea.
El analista no responde:
"Eso ocurre porque usted necesita sentirse útil."
En lugar de eso pregunta:
"¿Y quién cuida de usted?"
La pregunta parece sencilla.
Sin embargo, por primera vez la paciente guarda silencio.
Nunca se había planteado esa cuestión.
No ha recibido una explicación.
Ha comenzado a escuchar algo diferente sobre sí misma.
Ese es el efecto de una interpretación.
Interpretar demasiado puede impedir escuchar
Existe una tentación muy frecuente.
Querer interpretar todo.
Cada palabra.
Cada gesto.
Cada sueño.
Cada silencio.
El psicoanálisis desconfía de esa actitud.
Una interpretación constante termina sustituyendo la voz del paciente por la del analista.
En lugar de abrir nuevas posibilidades, las cierra.
Por eso Lacan insistía en que una interpretación solo tiene sentido cuando aparece en el momento adecuado.
No por cantidad.
Sino por precisión.
La interpretación cambia la posición del sujeto
El objetivo no consiste en proporcionar información nueva.
Muchas veces la persona ya conoce perfectamente los hechos de su historia.
Lo que cambia es la posición desde la que los mira.
Un recuerdo adquiere otro significado.
Una repetición empieza a hacerse visible.
Una queja deja de parecer un destino inevitable.
La interpretación no modifica el pasado.
Modifica la relación que el sujeto mantiene con él.
Interpretar también es saber callar
Puede parecer una paradoja.
Pero una parte importante del trabajo analítico consiste en no interpretar demasiado pronto.
Escuchar requiere paciencia.
Hay momentos en los que una explicación precipitada impide que el propio sujeto encuentre sus palabras.
Por eso el silencio también puede formar parte de la interpretación.
No como ausencia.
Sino como una forma de dejar espacio para que algo nuevo pueda aparecer.
Quédate con esto
La interpretación no consiste en decirle a una persona quién es ni en revelar un supuesto significado oculto de todo cuanto le ocurre.
Desde Freud hasta Lacan, interpretar significa intervenir de tal manera que el propio sujeto pueda descubrir algo nuevo sobre su deseo, su historia y su manera de relacionarse con el inconsciente.
Porque, a veces, una sola palabra no resuelve un problema.
Pero puede cambiar por completo la forma de comprenderlo.
¿Quieres comentar este artículo?
Puedes enviarme una reflexión, duda o sugerencia. No se publicará automáticamente.