La ilusión
Introducción
Hay momentos en los que el futuro parece llenarse de posibilidades.
Un viaje que estamos preparando.
El comienzo de una relación.
Un nuevo trabajo.
Un proyecto que llevamos tiempo imaginando.
Solo pensar en ello nos cambia el ánimo.
Nos levantamos con más energía.
Hacemos planes.
Sonreímos casi sin darnos cuenta.
A eso solemos llamarlo ilusión.
La ilusión tiene algo extraordinario: nace antes de que las cosas ocurran.
No depende únicamente de la realidad.
Depende también de la manera en que imaginamos el futuro.
El psicoanálisis considera que esa capacidad de anticipar, desear e imaginar forma parte de la vida humana. Sin ilusión sería difícil emprender nuevos caminos, crear, aprender o enamorarse.
¿Por qué este tema nos afecta a todos?
Gran parte de nuestras acciones se orientan hacia algo que todavía no existe.
Estudiamos pensando en un futuro trabajo.
Ahorramos para un viaje.
Construimos una casa que aún no habitamos.
Comenzamos una relación imaginando una vida compartida.
La ilusión hace posible que el presente se abra hacia el futuro.
Nos permite invertir tiempo, esfuerzo y energía en aquello que todavía es solo una posibilidad.
Sin embargo, precisamente porque mira hacia delante, también convive con la incertidumbre.
Nada garantiza que las cosas ocurran como las imaginamos.
Y, aun así, seguimos ilusionándonos.
¿Por qué nos cuesta conservar la ilusión?
Las decepciones dejan huella.
Después de varios fracasos resulta fácil pensar que ilusionarse es una forma de exponerse al dolor.
Entonces comenzamos a protegernos.
Preferimos no esperar demasiado.
No hacer planes.
No confiar.
Creemos que así sufriremos menos.
Pero renunciar a la ilusión también tiene un coste.
La vida puede volverse previsible.
Monótona.
Carente de impulso.
Porque la ilusión no solo habla del futuro.
También transforma la manera en que vivimos el presente.
La mirada del psicoanálisis
Freud mostró que el ser humano no vive únicamente respondiendo a sus necesidades inmediatas.
También se mueve por deseos, fantasías y proyectos que organizan su vida psíquica.
Muchas veces aquello que imaginamos resulta tan importante como aquello que ya poseemos.
Lacan desarrolló esta idea afirmando que el deseo nunca permanece completamente satisfecho.
Siempre apunta hacia algo que todavía falta.
Desde esta perspectiva, la ilusión no consiste en engañarse acerca del futuro.
Consiste en permitir que el deseo siga encontrando nuevas formas de expresarse.
El problema no aparece cuando nos ilusionamos.
Aparece cuando confundimos nuestras fantasías con la realidad y exigimos que ambas coincidan exactamente.
Un ejemplo cotidiano
Después de muchos años trabajando en la misma empresa, Roberto decide aprender fotografía.
Compra una cámara.
Ve documentales.
Empieza a salir los fines de semana buscando paisajes.
Habla constantemente de los lugares que quiere visitar.
Todavía no ha expuesto ninguna fotografía.
Ni siquiera sabe si llegará a hacerlo.
Pero algo ha cambiado.
Hace tiempo que no se sentía tan vivo.
La ilusión no nació del resultado.
Nació del deseo de comenzar algo nuevo.
Algunas ideas equivocadas sobre la ilusión
«Ilusionarse es ser ingenuo.»
No.
Toda persona que emprende un proyecto necesita imaginar que merece la pena intentarlo.
La ilusión no elimina los riesgos.
Hace posible afrontarlos.
«Es mejor no hacerse ilusiones para no sufrir.»
Puede parecer una buena estrategia.
Sin embargo, quien deja de ilusionarse también deja de abrirse a muchas experiencias valiosas.
Evitar toda decepción suele significar renunciar también a muchas alegrías.
«La ilusión pertenece solo a la juventud.»
No existe una edad para dejar de ilusionarse.
Mientras exista deseo, siempre podrán aparecer nuevos proyectos, nuevos aprendizajes y nuevas formas de vivir.
«Si una ilusión termina mal, fue un error haberla tenido.»
Las ilusiones no siempre se cumplen.
Pero incluso aquellas que no llegan a realizarse pueden habernos ayudado a crecer, a cambiar o a descubrir aspectos de nosotros mismos que desconocíamos.
¿Qué podemos aprender de la ilusión?
La ilusión nos recuerda que la vida no se construye únicamente con recuerdos.
También necesita futuro.
Necesita imaginar.
Desear.
Explorar posibilidades.
El psicoanálisis no propone vivir encerrados en las fantasías.
Invita a reconocer que el deseo siempre nos empuja un poco más allá de lo que ya conocemos.
Y precisamente gracias a ese movimiento seguimos aprendiendo, creando y transformándonos.
Porque una vida sin ilusión corre el riesgo de convertirse en una vida que simplemente se repite.
Para seguir pensando
Quizá la ilusión no consista en creer que todo saldrá exactamente como esperamos.
Tal vez consista en aceptar que el futuro permanece abierto y que todavía existen caminos por recorrer.
Porque no siempre elegimos aquello que nos ocurre.
Pero sí podemos seguir encontrando motivos para comenzar algo nuevo.
Y quizá sea precisamente esa capacidad de volver a ilusionarnos la que mantiene vivo nuestro deseo de seguir creciendo.
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