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La identificación

Cómo incorporamos rasgos, ideales y formas de ser a partir de nuestras relaciones con los demás.

Intermedio 12 min
La identificación

La identificación

Cómo llegamos a parecernos a quienes nos rodean

Hay algo curioso en la vida humana.

A veces descubrimos en nosotros mismos gestos que pertenecían a nuestros padres.

Formas de hablar.

Expresiones.

Hábitos.

Maneras de reaccionar.

Incluso actitudes que durante años habíamos criticado.

Otras veces admiramos a una persona y, sin darnos cuenta, comenzamos a incorporar algunos de sus rasgos.

Sus ideas.

Su forma de vestir.

Su manera de relacionarse.

Estos fenómenos forman parte de un proceso fundamental para el psicoanálisis: la identificación.


No construimos nuestra identidad solos

Solemos pensar la identidad como algo que nace desde el interior.

Como si existiera un núcleo completamente propio que simplemente fuera desarrollándose con el tiempo.

El psicoanálisis propone una visión diferente.

Desde el comienzo de la vida nos construimos en relación con otros.

Aprendemos a hablar gracias a ellos.

Aprendemos a nombrar el mundo.

Aprendemos lo que está bien y lo que está mal.

Aprendemos incluso quiénes somos.

La identidad surge dentro de una red de vínculos.


¿Qué es una identificación?

Identificarse significa incorporar algo de otra persona.

Un rasgo.

Un valor.

Una forma de actuar.

Una manera de pensar.

No se trata de copiar exactamente a alguien.

Se trata de hacer propio algún aspecto que inicialmente pertenecía al otro.

Por eso las identificaciones participan activamente en la construcción del yo.


El primer modelo

Lacan sitúa una identificación fundamental en el estadio del espejo.

El niño descubre una imagen de sí mismo y comienza a reconocerse en ella.

Esa imagen le ofrece una sensación de unidad.

De coherencia.

De consistencia.

El yo nace precisamente de esa identificación con una figura que aparece frente a él.

Desde entonces, las identificaciones continuarán desempeñando un papel central en la vida psíquica.


Identificaciones familiares

Las primeras identificaciones suelen producirse dentro de la familia.

Los niños observan.

Escuchan.

Imitan.

Incorporan maneras de hablar, reaccionar y comprender el mundo.

A veces estas identificaciones son conscientes.

Otras veces resultan prácticamente invisibles.

Sólo muchos años después podemos reconocer cuánto hemos tomado de quienes nos criaron.


Amar es identificarse

Freud observó que las identificaciones también participan en el amor.

Cuando admiramos profundamente a alguien solemos incorporar algunos de sus rasgos.

Queremos parecernos a esa persona.

Nos interesan las cosas que le interesan.

Valoramos aquello que ella valora.

La identificación aparece así como una de las formas más habituales de construir vínculos.


Los ideales

No sólo nos identificamos con personas concretas.

También lo hacemos con ideales.

Con figuras admiradas.

Con personajes históricos.

Con grupos.

Con comunidades.

Con modelos culturales.

Estas identificaciones ayudan a orientar nuestras elecciones y nuestras aspiraciones.

Nos indican quién querríamos llegar a ser.


La construcción del Superyó

Muchas de las exigencias que experimentamos tienen relación con identificaciones tempranas.

Los padres.

Los educadores.

Las figuras de autoridad.

Sus valores y expectativas pueden ser interiorizados.

Con el tiempo, esas voces dejan de venir desde fuera.

Comienzan a hablar desde dentro.

Así se forma una parte importante del Superyó.


Identificación y pertenencia

La identificación también explica por qué sentimos que pertenecemos a determinados grupos.

Una nación.

Una profesión.

Un equipo deportivo.

Una comunidad.

Una corriente de pensamiento.

Compartir ciertos rasgos o ideales produce una sensación de pertenencia que ayuda a organizar la identidad.


Cuando la identificación se vuelve rígida

Las identificaciones son necesarias.

Sin ellas sería muy difícil construir una identidad estable.

Pero también pueden generar problemas.

A veces el sujeto queda excesivamente ligado a una imagen.

A una expectativa.

A un ideal.

A una forma particular de ser.

Entonces aparece una dificultad para cambiar.

Para explorar otras posibilidades.

Para aceptar aspectos propios que no encajan con esa imagen.


¿Quién soy realmente?

Esta pregunta acompaña toda reflexión sobre la identificación.

Porque gran parte de lo que somos se ha construido a partir de los demás.

Las palabras que utilizamos.

Los valores que defendemos.

Las formas en que amamos.

Las maneras de reaccionar.

Todo ello contiene huellas de múltiples identificaciones.

Sin embargo, nunca coincidimos completamente con ninguna de ellas.


Entre el yo y el sujeto

Aquí aparece una diferencia importante para Lacan.

El yo está formado en gran medida por identificaciones.

Por imágenes.

Por rasgos incorporados.

Por representaciones relativamente estables de uno mismo.

El sujeto, en cambio, incluye también aquello que desborda esas identificaciones.

El deseo.

Las contradicciones.

Las preguntas sin respuesta.

El inconsciente.

Por eso siempre existe una distancia entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y aquello que realmente nos mueve.


Una construcción permanente

La identificación no es un proceso que termine en la infancia.

Continúa durante toda la vida.

Seguimos encontrando modelos.

Seguimos incorporando rasgos.

Seguimos transformando nuestra identidad.

Cada encuentro importante deja huellas.

Cada vínculo significativo puede modificar algo de nosotros.

Comprender la identificación permite reconocer que la identidad humana no es una esencia fija.

Es una construcción dinámica, hecha de relaciones, imágenes, palabras y encuentros.

Y precisamente por eso puede seguir cambiando.

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