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La identidad

Pasamos la vida intentando responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién soy?

Intermedio 18 min
La identidad

La identidad

Introducción

Una de las preguntas más difíciles de responder parece, a primera vista, la más sencilla.

¿Quién soy?

Podemos decir nuestro nombre.

Nuestra profesión.

Nuestra edad.

Hablar de nuestra familia, de nuestras aficiones o de nuestras ideas.

Y, sin embargo, casi todos hemos vivido momentos en los que sentimos que esas respuestas ya no bastaban.

Después de una separación.

Tras perder un trabajo.

Cuando los hijos se marchan de casa.

Al cambiar de ciudad.

Al atravesar una enfermedad.

Hay acontecimientos que nos obligan a preguntarnos de nuevo quiénes somos.

Porque la identidad no es algo fijo.

No es una etiqueta que recibimos al nacer.

Es una construcción que cambia a lo largo de toda la vida.

El psicoanálisis propone una idea especialmente interesante: nunca llegamos a conocernos por completo. Siempre existe una parte de nosotros que permanece abierta, en transformación, y que ni siquiera nosotros terminamos de comprender del todo.


¿Por qué este tema nos afecta a todos?

Necesitamos sentir una cierta continuidad.

Queremos pensar que seguimos siendo la misma persona con el paso de los años.

Esa sensación nos da estabilidad.

Nos ayuda a construir relaciones, proyectos y recuerdos.

Sin embargo, también cambiamos constantemente.

Aprendemos.

Perdemos.

Nos enamoramos.

Fracasamos.

Tenemos hijos.

Envejecemos.

Cada experiencia deja una huella.

Y, poco a poco, modifica también la imagen que tenemos de nosotros mismos.

El problema aparece cuando intentamos aferrarnos a una identidad rígida.

Cuando creemos que debemos ser siempre iguales.

La vida rara vez lo permite.


¿Por qué a veces sentimos que no sabemos quiénes somos?

Hay épocas en las que nuestras referencias desaparecen.

Alguien que siempre se definió por su trabajo se jubila.

Una madre descubre que sus hijos ya no la necesitan del mismo modo.

Una persona termina una relación que había organizado gran parte de su vida.

Entonces aparece una sensación desconcertante.

Como si una parte de nosotros hubiera desaparecido.

No significa que hayamos dejado de existir.

Significa que necesitamos reconstruir la manera en que nos comprendemos.

Y ese proceso suele llevar tiempo.

Porque la identidad no se cambia como quien cambia de ropa.

Se transforma lentamente, a medida que encontramos nuevas formas de vivir.


La mirada del psicoanálisis

Freud mostró que no somos completamente dueños de nosotros mismos.

Existe una parte inconsciente que influye en nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestras relaciones.

Eso significa que nuestra identidad nunca es completamente transparente.

Siempre hay algo de nosotros que desconocemos.

Lacan desarrolló esta idea a través del llamado estadio del espejo.

Desde muy pequeños comenzamos a construir una imagen de quiénes somos.

Esa imagen nos ayuda a reconocernos.

Pero también puede hacernos creer que somos mucho más coherentes y estables de lo que realmente somos.

Para Lacan, el sujeto está dividido.

Nunca coincide por completo con la imagen que tiene de sí mismo.

Lejos de ser un problema, esa división hace posible el cambio.

Si fuéramos exactamente iguales a la imagen que tenemos de nosotros mismos, nunca podríamos transformarnos.


Un ejemplo cotidiano

Durante más de treinta años, Antonio se presentó diciendo:

«Soy profesor.»

Cuando se jubila descubre que esa frase ya no le resulta suficiente.

Durante un tiempo siente que ha perdido una parte esencial de sí mismo.

Poco a poco comienza a dedicar tiempo a escribir, viaja más y participa en actividades culturales de su barrio.

Un día, hablando con un amigo, se da cuenta de que ya no necesita definirse únicamente por su antigua profesión.

Sigue siendo el mismo.

Pero también es alguien diferente.

No ha perdido su identidad.

La ha ampliado.


Algunas ideas equivocadas sobre la identidad

«La identidad no cambia.»

Todos cambiamos a lo largo de la vida.

Algunas transformaciones son pequeñas.

Otras modifican profundamente la manera en que nos entendemos.

Cambiar no significa dejar de ser uno mismo.

«Debo descubrir quién soy de una vez para siempre.»

La identidad no es un tesoro escondido que un día encontramos definitivamente.

Es un proceso continuo.

Nos vamos conociendo mientras vivimos.

«Soy exactamente aquello que hago.»

El trabajo, la familia o nuestras aficiones forman parte de quienes somos.

Pero ninguna de esas dimensiones agota nuestra identidad.

Cuando una desaparece, seguimos siendo mucho más que ese único papel.

«Si cambio, significa que antes era falso.»

No.

Cambiar forma parte del crecimiento.

Las personas evolucionan porque la vida también cambia.

La fidelidad a uno mismo no consiste en permanecer inmóvil.

Consiste en seguir construyéndose sin dejar de escuchar el propio deseo.


¿Qué podemos aprender de la identidad?

La identidad no consiste en encerrarnos dentro de una definición.

Consiste en aceptar que somos más complejos de lo que imaginamos.

También nos recuerda que no estamos obligados a repetir siempre la misma historia.

Podemos revisar nuestras decisiones.

Cambiar de opinión.

Descubrir intereses nuevos.

Encontrar otras maneras de relacionarnos con los demás.

El psicoanálisis no busca ofrecernos una identidad perfecta.

Busca ayudarnos a comprender algo mejor aquello que nos mueve, incluso cuando todavía no sabemos ponerle nombre.

Porque conocerse no significa resolver todas las preguntas.

Significa aprender a convivir con ellas.


Para seguir pensando

Quizá la pregunta «¿Quién soy?» nunca tenga una respuesta definitiva.

Y tal vez eso no sea un problema.

Una identidad completamente cerrada dejaría poco espacio para aprender, amar, equivocarse o transformarse.

Tal vez vivir consista precisamente en aceptar que siempre estamos un poco inacabados.

Que seguimos escribiendo nuestra historia mientras la vivimos.

Y que, precisamente por eso, siempre existe la posibilidad de convertirnos en alguien que todavía no imaginábamos ser.

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