La constitución del sujeto
¿Cómo llegamos a ser quienes somos?
Todos los seres humanos atraviesan una experiencia singular.
Nacemos con un cuerpo.
Con necesidades.
Con capacidades biológicas.
Pero no nacemos siendo sujetos en el sentido pleno que utiliza el psicoanálisis.
Nadie llega al mundo sabiendo quién es.
Ni comprendiendo sus deseos.
Ni ocupando una posición definida dentro de una historia.
Todo eso debe construirse.
La constitución del sujeto es precisamente el nombre que recibe ese proceso.
Un ser dependiente
Los primeros momentos de la vida están marcados por una dependencia radical.
El recién nacido no puede sobrevivir por sí solo.
Necesita ser alimentado.
Cuidado.
Protegido.
Nombrado.
Desde el comienzo, la existencia humana depende de otros.
Antes incluso de hablar, el niño ya está inmerso en una red de relaciones, palabras y deseos que lo preceden.
La entrada en el lenguaje
Una de las transformaciones más importantes ocurre cuando el niño comienza a entrar en el lenguaje.
Aprende palabras.
Nombres.
Significados.
Formas de comunicarse.
Pero el lenguaje no es únicamente una herramienta para transmitir información.
También organiza la manera en que comprendemos el mundo y a nosotros mismos.
Gracias al lenguaje podemos construir recuerdos, narraciones, proyectos y preguntas.
La entrada en el lenguaje transforma profundamente la experiencia humana.
Ser nombrado
Mucho antes de poder hablar, el niño ya ha sido nombrado.
Tiene un nombre.
Ocupa un lugar dentro de una familia.
Forma parte de una historia.
Los demás hablan de él.
Esperan cosas de él.
Le atribuyen características.
Estas palabras comienzan a formar parte de la construcción subjetiva.
El sujeto no nace fuera del lenguaje.
Nace dentro de él.
El encuentro con la imagen
Lacan situó otro momento fundamental en el estadio del espejo.
El niño descubre una imagen de sí mismo.
Una figura unificada.
Coherente.
Reconocible.
Se identifica con ella y comienza a construir una representación de quién es.
A partir de ese momento aparece el yo.
Una imagen relativamente estable que permite orientarse en el mundo.
Las identificaciones
La identidad continúa desarrollándose mediante identificaciones sucesivas.
El sujeto incorpora rasgos de quienes lo rodean.
Padres.
Maestros.
Amigos.
Modelos admirados.
Ideales.
Cada una de estas identificaciones deja huellas.
Contribuye a organizar la personalidad y la manera de relacionarse con los demás.
Por eso gran parte de lo que somos se ha construido en relación con otros.
El deseo del Otro
Pero la constitución del sujeto no depende únicamente de las identificaciones.
También está marcada por una pregunta fundamental:
¿Qué quieren los otros de mí?
Desde muy temprano intentamos orientarnos dentro del deseo de quienes nos rodean.
Buscamos reconocimiento.
Aprobación.
Amor.
Pertenencia.
Esta relación con el deseo del Otro desempeña un papel central en la construcción de la subjetividad.
El descubrimiento de los límites
Durante un tiempo el niño puede imaginar que ocupa un lugar privilegiado y central.
Sin embargo, poco a poco descubre algo importante.
Existen otros deseos.
Otras relaciones.
Otras leyes.
El mundo no gira exclusivamente alrededor de él.
Este descubrimiento introduce una transformación decisiva.
La aceptación de límites.
La aceptación de diferencias.
La aceptación de que no todo es posible.
El Nombre-del-Padre
Lacan describió esta operación mediante el concepto de Nombre-del-Padre.
No se trata necesariamente de una persona concreta.
Se trata de una función simbólica.
Una referencia que introduce la ley, la diferencia y la separación.
Gracias a ella el sujeto puede abandonar la ilusión de completud y comenzar a ocupar un lugar dentro de una realidad compartida.
La falta y el deseo
La aceptación de los límites está estrechamente relacionada con la experiencia de la falta.
Nadie puede tenerlo todo.
Nadie puede serlo todo.
Nadie puede ocupar todos los lugares.
Lejos de ser un problema accidental, esta falta forma parte de la estructura humana.
Y precisamente por eso puede existir el deseo.
Deseamos aquello que no poseemos completamente.
Buscamos.
Preguntamos.
Creamos.
Nos movemos.
El sujeto y el yo
Aquí aparece una diferencia importante.
El yo es la imagen relativamente estable que tenemos de nosotros mismos.
El sujeto es algo más amplio.
Incluye el deseo.
Las contradicciones.
El inconsciente.
Las preguntas que todavía no tienen respuesta.
Por eso nunca coincidimos completamente con la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Siempre existe una parte que permanece abierta.
Una construcción permanente
La constitución del sujeto no termina en la infancia.
No existe un momento final en el que la identidad quede completamente cerrada.
Seguimos transformándonos.
Seguimos incorporando nuevas experiencias.
Seguimos modificando nuestras identificaciones y nuestros deseos.
La subjetividad permanece en movimiento.
Por eso la pregunta por quiénes somos nunca recibe una respuesta definitiva.
Una historia singular
Aunque todos atravesamos procesos similares, cada sujeto construye una historia única.
Las palabras que escucha.
Los vínculos que establece.
Las identificaciones que realiza.
Las experiencias que vive.
Las pérdidas.
Los deseos.
Todo ello se organiza de una manera singular.
Por eso no existen dos sujetos idénticos.
Cada vida representa una forma particular de habitar el lenguaje, el deseo y la relación con los otros.
Llegar a ser sujeto
La constitución del sujeto no consiste en descubrir una esencia oculta que estaba esperando ser revelada.
Consiste en una construcción.
Una construcción hecha de palabras, imágenes, vínculos, deseos y experiencias.
A través de ese recorrido, el ser humano llega a ocupar una posición propia dentro del mundo.
Una posición nunca completamente terminada.
Nunca completamente cerrada.
Pero suficientemente estable para poder hablar, amar, elegir, sufrir, crear y construir sentido.
Y es precisamente en ese proceso donde se constituye aquello que llamamos sujeto.
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