La angustia
Introducción
Hay momentos en los que sentimos que algo no va bien, aunque no sepamos explicar exactamente qué ocurre.
El corazón se acelera.
La respiración cambia.
Aparece una inquietud difícil de describir.
Miramos el teléfono sin motivo.
Necesitamos hacer algo, movernos, distraernos, buscar una explicación.
Y, sin embargo, cuando alguien nos pregunta qué nos preocupa, no sabemos qué responder.
La angustia tiene esa característica desconcertante: se siente con enorme intensidad, pero muchas veces carece de un objeto claro.
No es lo mismo que el miedo.
Cuando sentimos miedo sabemos de qué queremos escapar.
La angustia, en cambio, parece venir de ninguna parte.
O quizá de todas.
El psicoanálisis convirtió la angustia en una de las experiencias fundamentales para comprender al ser humano. No porque sea una enfermedad, sino porque revela algo esencial sobre nuestra relación con el deseo, con los otros y con nosotros mismos.
¿Por qué este tema nos afecta a todos?
Todos hemos sentido angustia alguna vez.
Antes de una decisión importante.
Cuando esperamos una llamada.
Al comenzar una relación.
Durante una enfermedad.
Después de perder un trabajo.
O incluso en momentos aparentemente tranquilos, sin que exista ningún motivo evidente.
La angustia no distingue edades, profesiones ni formas de vida.
Puede aparecer cuando algo va mal.
Pero también cuando todo parece ir bien.
A veces surge precisamente en el instante en que conseguimos aquello que tanto deseábamos.
Eso resulta desconcertante.
¿Por qué sentimos angustia cuando, en teoría, deberíamos sentirnos felices?
Porque la angustia no siempre habla de los acontecimientos.
Muchas veces habla del lugar que esos acontecimientos ocupan en nuestra vida.
No responde únicamente a lo que sucede.
Responde también a lo que significa para nosotros.
¿Por qué nos cuesta comprender la angustia?
Vivimos en una cultura que nos enseña a buscar causas para todo.
Si algo duele, buscamos el origen.
Si estamos tristes, queremos saber por qué.
Con la angustia ocurre algo distinto.
Cuanto más intentamos encontrar una explicación inmediata, más parece escaparse.
Entonces aparecen estrategias para hacerla desaparecer.
Trabajar sin descanso.
Mirar constantemente el teléfono.
Consumir.
Comer.
Hablar sin parar.
Mantenernos ocupados.
Controlarlo todo.
No siempre buscamos comprender la angustia.
Muchas veces solo queremos dejar de sentirla.
Sin embargo, aquello que intentamos silenciar suele encontrar otras maneras de hacerse presente.
La angustia insiste.
No porque quiera castigarnos.
Sino porque señala algo que todavía no ha encontrado palabras.
La mirada del psicoanálisis
Freud observó que la angustia no era únicamente una reacción ante un peligro exterior.
También podía aparecer como una señal de conflictos internos que el sujeto todavía no conseguía comprender.
Con Lacan esta idea dio un paso más.
Su célebre afirmación resume toda una manera de entenderla:
La angustia no engaña.
Mientras otras emociones pueden confundirse o disfrazarse, la angustia señala que algo importante está ocurriendo en nuestra relación con el deseo.
Paradójicamente, no aparece porque nos falte algo.
Aparece cuando aquello que normalmente sostiene nuestra falta parece desaparecer.
Cuando las referencias habituales dejan de funcionar.
Cuando el lugar desde el que nos entendíamos cambia.
Por eso la angustia suele acompañar los grandes momentos de transformación.
No anuncia necesariamente una catástrofe.
Muchas veces anuncia un cambio.
Un ejemplo cotidiano
Carlos lleva años deseando ascender en su empresa.
Trabaja más que nadie.
Hace cursos.
Acepta responsabilidades.
Finalmente consigue el puesto que tanto esperaba.
Sin embargo, esa misma noche apenas puede dormir.
Siente una inquietud constante.
Piensa que quizá no esté preparado.
Que decepcionará a los demás.
Que ahora ya no podrá volver atrás.
No tiene miedo del trabajo.
Tiene angustia ante el lugar nuevo que ahora ocupa.
Aquello que había deseado durante años ha cambiado también la imagen que tenía de sí mismo.
No sabe todavía quién será a partir de ese momento.
Algunas ideas equivocadas sobre la angustia
«La angustia siempre indica que algo va mal.»
No necesariamente.
Muchas veces aparece precisamente cuando nuestra vida está cambiando.
No anuncia únicamente peligro.
También puede anunciar transformación.
«Hay que eliminarla cuanto antes.»
Comprensiblemente todos queremos dejar de sufrir.
Pero convertir la angustia en un enemigo puede impedir escuchar aquello que intenta mostrar.
No siempre necesita ser eliminada.
A veces necesita ser comprendida.
«Solo las personas débiles sienten angustia.»
La angustia forma parte de la condición humana.
No distingue entre personas fuertes o débiles.
Aparece allí donde existe deseo, incertidumbre y libertad.
«Si no sé por qué estoy angustiado, significa que exagero.»
Precisamente una de las características de la angustia es que muchas veces no posee una explicación inmediata.
Eso no la hace menos real.
¿Qué podemos aprender de la angustia?
La angustia nos recuerda que no controlamos completamente nuestra vida.
También nos muestra que el deseo siempre nos lleva hacia lugares inciertos.
Cada decisión importante implica abandonar algo conocido.
Cada cambio importante modifica quiénes somos.
Por eso la angustia no constituye únicamente un obstáculo.
También puede convertirse en una brújula.
No porque nos diga qué hacer.
Sino porque señala que estamos llegando a un lugar donde algo importante está en juego.
El psicoanálisis no pretende enseñar a vivir sin angustia.
Propone algo más humilde y quizá más útil: aprender a escuchar qué intenta decirnos.
Para seguir pensando
Solemos imaginar que una vida plenamente feliz sería una vida sin angustia.
Tal vez ocurra justamente lo contrario.
Quizá la angustia sea el precio de poder elegir.
De amar.
De cambiar.
De construir una vida propia.
Porque solo quien puede perder algo importante puede sentir verdadera angustia.
Y quizá sea precisamente ahí donde también comienza la posibilidad de vivir de una manera más auténtica.
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