El Superyó
La voz interior que nunca parece satisfecha
Muchas personas conocen bien una sensación particular.
Han trabajado duro.
Han cumplido con sus obligaciones.
Han hecho lo que se esperaba de ellas.
Y, sin embargo, algo dentro sigue diciendo:
Podrías haber hecho más.
No es suficiente.
Deberías esforzarte más.
Los demás lo hacen mejor.
Esta voz puede acompañar al sujeto durante años.
A veces aparece como una crítica constante.
Otras veces como culpa, exigencia o sensación de fracaso.
El psicoanálisis llama Superyó a una parte importante de este fenómeno.
Más que una conciencia moral
Freud describió el Superyó como una instancia psíquica relacionada con las normas, las prohibiciones y los ideales.
En un primer momento podría parecer simplemente la conciencia moral.
Aquello que nos ayuda a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
Pero la experiencia clínica muestra algo más complejo.
El Superyó no siempre actúa como una guía razonable.
A veces puede convertirse en una fuente de sufrimiento.
Puede exigir más de lo que resulta posible.
Puede castigar incluso cuando no existe ninguna falta real.
Y puede mantener al sujeto en una sensación permanente de insuficiencia.
Cómo se forma
Durante la infancia, los niños no sólo aprenden palabras y conocimientos.
También incorporan normas, expectativas y formas de valoración.
Escuchan lo que está permitido.
Descubren lo que provoca aprobación.
Aprenden aquello que genera críticas o decepción.
Poco a poco, muchas de estas referencias dejan de venir exclusivamente del exterior.
Se internalizan.
El sujeto comienza a dirigirse a sí mismo con voces que originalmente pertenecían a figuras importantes de su entorno.
Padres.
Educadores.
Autoridades.
Modelos admirados.
Así se constituye buena parte del Superyó.
La exigencia interior
Existe una diferencia importante entre una aspiración saludable y una exigencia superyoica.
Una aspiración impulsa.
Permite crecer.
Acepta límites y errores.
La exigencia superyoica funciona de otra manera.
Nunca parece satisfecha.
Cuando se alcanza una meta, inmediatamente aparece otra.
Cuando se supera una dificultad, surge una nueva obligación.
Cuando se obtiene un reconocimiento, la satisfacción dura poco.
El sujeto queda atrapado en una carrera que parece no tener final.
La culpa sin delito
Una de las manifestaciones más llamativas del Superyó es la culpa.
No siempre se trata de una culpa relacionada con una acción concreta.
Muchas personas experimentan culpa simplemente por descansar.
Por disfrutar.
Por decir que no.
Por priorizar sus propias necesidades.
Por no responder a todas las demandas que reciben.
La culpa aparece entonces como una señal de que ciertas exigencias internas continúan actuando incluso cuando no resultan razonables.
El perfeccionismo
El perfeccionismo suele estar estrechamente relacionado con el Superyó.
La persona siente que cualquier error resulta inaceptable.
Dedica enormes cantidades de energía a evitar fallos.
Le cuesta disfrutar de lo conseguido.
Y tiende a concentrarse en aquello que falta en lugar de valorar lo que ya ha realizado.
Paradójicamente, cuanto más intenta satisfacer esa exigencia, más difícil parece lograrlo.
Porque el problema no está en la tarea concreta.
Está en la lógica de una exigencia que nunca termina.
La paradoja del Superyó
Freud observó algo sorprendente.
En ocasiones, cuanto más obedecemos ciertas exigencias internas, más intensas parecen volverse.
No ocurre como con una necesidad que queda satisfecha.
Ocurre más bien lo contrario.
La exigencia crece.
Se multiplica.
Encuentra nuevas formas de reclamar.
Por eso algunas personas viven atrapadas en una sensación permanente de deuda consigo mismas.
Siempre falta algo.
Siempre queda una obligación pendiente.
Siempre existe una meta más.
La mirada de Lacan
Lacan desarrolló esta idea de una forma especialmente interesante.
Para él, el Superyó no sólo prohíbe.
También ordena.
Y muchas veces lo hace bajo la forma de un mandato aparentemente positivo:
Disfruta.
Sé exitoso.
Sé feliz.
Aprovecha cada oportunidad.
Conviértete en la mejor versión de ti mismo.
Estos mensajes pueden parecer motivadores.
Pero cuando se convierten en exigencias absolutas producen efectos similares a los de la crítica constante.
El sujeto siente que nunca está a la altura de lo que debería ser.
Cuando la exigencia se vuelve invisible
Uno de los aspectos más difíciles del Superyó es que suele confundirse con la propia identidad.
La persona no siempre percibe que está obedeciendo una exigencia.
Simplemente cree que "debe ser así".
Que siempre hay que rendir más.
Que descansar es perder el tiempo.
Que equivocarse es inaceptable.
Que pedir ayuda es una debilidad.
La voz superyoica resulta especialmente eficaz cuando consigue presentarse como una verdad evidente.
Escuchar la propia exigencia
El objetivo no consiste en eliminar toda norma o toda responsabilidad.
La vida necesita límites, compromisos y proyectos.
La cuestión es otra.
¿Desde dónde se vive esa exigencia?
¿Como una orientación flexible o como una obligación imposible de satisfacer?
Escuchar cómo nos hablamos a nosotros mismos permite reconocer muchas veces la presencia del Superyó.
Las frases que repetimos.
Las críticas automáticas.
Las culpas persistentes.
Los ideales inalcanzables.
Una relación más libre con uno mismo
Comprender el funcionamiento del Superyó no significa abandonar toda aspiración.
Significa poder distinguir entre aquello que realmente deseamos y aquello que obedecemos por exigencia.
Permite reconocer que muchas formas de sufrimiento no provienen únicamente de las circunstancias externas.
También nacen de la manera en que nos juzgamos y evaluamos a nosotros mismos.
Cuando esa voz deja de ocupar todo el espacio, aparece algo importante:
la posibilidad de relacionarse con los propios límites, errores y deseos de una forma más humana y menos castigadora.
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