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El sentido de la vida

Todos buscamos sentido, aunque pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente.

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El sentido de la vida

El sentido de la vida

Introducción

Tarde o temprano todos nos hacemos la misma pregunta.

A veces aparece después de una pérdida.

Otras, en medio de un éxito inesperado.

También puede surgir durante una tarde cualquiera, cuando sentimos que algo no termina de encajar aunque, aparentemente, todo vaya bien.

¿Para qué vivimos?

No es una pregunta exclusiva de filósofos ni de personas especialmente reflexivas.

Forma parte de la condición humana.

Los animales viven.

Los seres humanos, además, necesitan encontrar un significado para aquello que viven.

Cuando sentimos que nuestra existencia tiene una dirección, soportamos mejor las dificultades.

Cuando ese sentido desaparece, incluso las tareas más sencillas pueden volverse pesadas y vacías.

El psicoanálisis no ofrece una respuesta universal sobre el sentido de la vida. Más bien propone una pregunta diferente: ¿cómo construye cada persona aquello que hace que su vida merezca ser vivida?


¿Por qué este tema nos afecta a todos?

Vivimos rodeados de metas.

Estudiar.

Encontrar trabajo.

Formar una familia.

Comprar una casa.

Jubilarnos.

Viajar.

Alcanzar determinados objetivos puede resultar profundamente satisfactorio.

Pero muchas personas descubren algo inesperado cuando finalmente los consiguen.

La sensación de vacío no desaparece.

Durante un tiempo creemos que el sentido está siempre un poco más adelante.

Cuando consiga ese trabajo.

Cuando encuentre pareja.

Cuando tenga más tiempo.

Cuando me jubile.

Sin embargo, cada meta alcanzada suele dar paso a una nueva.

Y la pregunta permanece.

Porque el sentido no depende únicamente de aquello que conseguimos.

Depende también de cómo habitamos nuestra propia existencia.


¿Por qué nos cuesta encontrar sentido?

Vivimos en una sociedad que suele medir el valor de una vida por sus resultados.

El éxito.

La productividad.

La juventud.

El reconocimiento.

Las posesiones.

Sin darnos cuenta podemos acabar creyendo que solo tendremos una vida valiosa cuando cumplamos determinadas expectativas.

Entonces comenzamos a vivir comparándonos continuamente con los demás.

Nos preguntamos si hemos llegado suficientemente lejos.

Si hemos aprovechado el tiempo.

Si hemos elegido bien.

Pero el sentido difícilmente aparece cuando vivimos únicamente siguiendo ideales ajenos.

No es algo que pueda comprarse, heredarse o copiarse.

Cada persona necesita construirlo de una manera singular.


La mirada del psicoanálisis

Freud observó que el ser humano se encuentra atravesado por deseos que muchas veces desconoce.

No siempre queremos aquello que creemos querer.

Y, en ocasiones, perseguimos objetivos que, una vez alcanzados, nos dejan una extraña sensación de insatisfacción.

Lacan llevó esta idea todavía más lejos.

El deseo nunca queda completamente satisfecho.

No porque exista un defecto en nosotros.

Sino porque el deseo humano nace precisamente de una falta que nunca desaparece del todo.

Esto significa que el sentido de la vida no consiste en alcanzar un estado definitivo de plenitud.

Consiste en la manera en que cada uno responde a esa falta.

No existe una fórmula válida para todos.

Cada sujeto construye su propio recorrido a partir de sus deseos, de sus vínculos y de la historia que ha vivido.


Un ejemplo cotidiano

Javier ha trabajado durante treinta y cinco años pensando en la jubilación.

Imaginaba que, cuando llegara ese momento, por fin sería completamente feliz.

El primer mes disfruta del descanso.

El segundo comienza a sentirse extraño.

Ya no tiene horarios.

No recibe llamadas del trabajo.

Nadie espera nada de él.

Empieza a preguntarse qué hacer con tanto tiempo.

Descubre entonces que no solo había perdido una ocupación.

También había perdido una parte importante de aquello que daba estructura a su vida.

Poco a poco recupera antiguas aficiones, comienza a colaborar como voluntario y vuelve a dedicar tiempo a personas que había dejado de lado.

La pregunta por el sentido no desaparece.

Pero encuentra nuevas respuestas.


Algunas ideas equivocadas sobre el sentido de la vida

«Existe un único sentido de la vida.»

Cada persona construye el suyo.

Lo que da sentido a una existencia puede resultar completamente distinto para otra.

No hay una respuesta universal.

«Cuando encuentre mi propósito dejaré de tener dudas.»

Las dudas forman parte de la vida.

Encontrar sentido no significa dejar de cuestionarse.

Significa seguir caminando incluso cuando no todas las respuestas están claras.

«El sentido depende del éxito.»

Hay personas con grandes logros que viven profundamente vacías.

Y otras con vidas aparentemente sencillas que experimentan una profunda sensación de plenitud.

El sentido no puede medirse desde fuera.

«Si todavía busco el sentido de mi vida, es que algo va mal.»

Preguntarse por el sentido no constituye un fracaso.

Probablemente sea una de las preguntas más humanas que existen.


¿Qué podemos aprender del sentido de la vida?

Quizá el sentido no sea un destino al que llegamos algún día.

Tal vez sea algo que vamos construyendo mientras vivimos.

En los vínculos que cuidamos.

En aquello que aprendemos.

En las personas a las que ayudamos.

En los proyectos que nos ilusionan.

En la capacidad de seguir deseando incluso después de las pérdidas.

El psicoanálisis no promete descubrir un significado oculto para nuestra existencia.

Nos invita, más bien, a escuchar nuestro deseo y preguntarnos si la vida que llevamos se parece realmente a la que queremos vivir.

Porque quizá el sentido no consista en encontrar una respuesta definitiva.

Sino en seguir haciéndonos preguntas que merezcan la pena.


Para seguir pensando

Con frecuencia imaginamos que el sentido de la vida aparecerá cuando todo esté resuelto.

Cuando desaparezcan los problemas.

Cuando alcancemos nuestros objetivos.

Tal vez ocurra justamente lo contrario.

Quizá el sentido no nazca de una vida perfecta.

Quizá nazca de la manera en que respondemos a sus imperfecciones.

Porque una existencia llena de respuestas puede llegar a detenerse.

Pero una vida que conserva la capacidad de desear, de amar y de seguir preguntándose nunca deja realmente de estar viva.

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