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El perdón

Perdonar no significa olvidar. Entonces, ¿qué cambia cuando realmente perdonamos?

Intermedio 16 min
El perdón

El perdón

Introducción

Hay heridas que el tiempo no consigue borrar.

Palabras que siguen resonando años después.

Gestos que cambiaron una relación.

Traiciones.

Abandonos.

Mentiras.

Cuando alguien nos hace daño solemos preguntarnos si algún día seremos capaces de perdonar.

Y cuando somos nosotros quienes hemos herido a otra persona, aparece otra pregunta igualmente difícil.

¿Merezco ser perdonado?

El perdón es una de esas palabras que parecen sencillas hasta que nos afectan de cerca.

Todos sabemos, más o menos, qué significa.

Pero cada historia lo convierte en una experiencia distinta.

El psicoanálisis no entiende el perdón como una obligación moral ni como un simple acto de buena voluntad. Lo considera un proceso profundamente ligado a la historia de cada sujeto, al dolor vivido y al lugar que ese acontecimiento ocupa en su vida.


¿Por qué este tema nos afecta a todos?

Ninguna relación está libre de conflictos.

Vivimos junto a personas que también se equivocan.

Y nosotros hacemos exactamente lo mismo.

A veces el daño es pequeño.

Una discusión.

Un olvido.

Una palabra dicha en un mal momento.

Otras veces las heridas son mucho más profundas.

Hay situaciones que transforman por completo la confianza.

Por eso el perdón ocupa un lugar tan importante en nuestras vidas.

No porque siempre sea posible.

Sino porque todos, tarde o temprano, nos encontramos con el límite de aquello que somos capaces de soportar.


¿Por qué nos cuesta perdonar?

Cuando alguien nos hiere no solo sentimos dolor.

También cambia la imagen que teníamos de esa persona.

Incluso cambia la imagen que teníamos de nosotros mismos.

Podemos sentir rabia.

Tristeza.

Humillación.

Deseos de alejarnos.

A veces creemos que perdonar significa dar la razón al otro o actuar como si nada hubiera ocurrido.

Y por eso nos resistimos.

Sin embargo, esas dos cosas no son lo mismo.

Perdonar no implica negar el daño.

Implica decidir qué lugar queremos darle a ese daño en nuestra vida.


La mirada del psicoanálisis

Freud mostró que las experiencias dolorosas no desaparecen simplemente porque decidamos olvidarlas.

Muchas permanecen activas en nuestra memoria afectiva.

Siguen influyendo en nuestras relaciones, en nuestras decisiones y en nuestra manera de entender el mundo.

El trabajo psíquico no consiste en borrar el pasado.

Consiste en encontrar otra forma de relacionarnos con él.

Lacan añadió que cada sujeto queda marcado por aquello que ha vivido.

No existe una reparación completa que haga desaparecer la falta o el sufrimiento.

Pero sí es posible modificar el significado que una experiencia tiene para nosotros.

Desde esta perspectiva, el perdón no es un mandato.

Es una posibilidad.

Una manera de dejar de quedar completamente atrapados por una herida.

A veces ese proceso incluye reconstruir una relación.

Otras veces consiste precisamente en aceptar que esa relación ha terminado y seguir adelante sin permanecer encadenados al resentimiento.


Un ejemplo cotidiano

Carlos lleva años sin hablar con su hermano.

Una discusión relacionada con la herencia de sus padres rompió una relación que siempre había sido cercana.

Con el paso del tiempo sigue convencido de que el otro actuó injustamente.

Eso no cambia.

Lo que cambia es otra cosa.

Empieza a darse cuenta de que el enfado ocupa cada vez más espacio en su vida.

Hablar del tema le altera.

Recordarlo le amarga el día.

Comprende entonces que el resentimiento ya no solo habla de su hermano.

Habla también de él.

Años después decide retomar el contacto.

No porque lo ocurrido haya dejado de doler.

Sino porque no quiere seguir viviendo definido únicamente por aquella herida.


Algunas ideas equivocadas sobre el perdón

«Perdonar significa olvidar.»

No.

Hay experiencias que nunca se olvidan.

Perdonar, cuando es posible, no borra la memoria.

Transforma la manera de convivir con ella.

«Si perdono, justifico lo que ocurrió.»

Comprender un hecho no significa aprobarlo.

Es posible reconocer el daño y, al mismo tiempo, decidir no vivir permanentemente dominados por él.

«Perdonar obliga a continuar la relación.»

No siempre.

Existen relaciones que no pueden o no deben recuperarse.

El perdón no implica necesariamente volver a confiar ni mantener el vínculo.

«Hay que perdonar siempre.»

El psicoanálisis no convierte el perdón en una obligación.

Cada persona necesita encontrar su propio tiempo y su propia manera de elaborar aquello que ha vivido.

Forzar un perdón puede resultar tan dañino como impedirlo.


¿Qué podemos aprender del perdón?

Perdonar no consiste en negar el sufrimiento.

Consiste, cuando llega el momento, en dejar de organizar toda nuestra vida alrededor de él.

También implica reconocer que todos somos seres imperfectos.

Que podemos herir y ser heridos.

Que ninguna relación está completamente protegida frente al conflicto.

El psicoanálisis no busca que olvidemos nuestras heridas.

Busca que esas heridas dejen de gobernar silenciosamente nuestra existencia.

Porque mientras permanecemos atrapados únicamente en el resentimiento, una parte de nuestra vida sigue ligada al pasado.

Y vivir también significa recuperar la posibilidad de mirar hacia delante.


Para seguir pensando

Quizá el perdón no sea un regalo que hacemos a quien nos hizo daño.

Tal vez sea, antes que nada, una forma de recuperar nuestra propia libertad.

No siempre podremos reconciliarnos.

No siempre será posible reparar lo ocurrido.

Pero sí podemos preguntarnos cuánto espacio queremos seguir concediendo a aquello que nos hirió.

Porque el pasado forma parte de nuestra historia.

Pero no tiene por qué convertirse en el único lugar desde el que vivir nuestro presente.

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