El éxito
Introducción
Todos queremos que las cosas salgan bien.
Es natural.
Nos esforzamos para conseguir un trabajo, sacar adelante un proyecto, formar una familia o alcanzar una meta importante.
Cuando lo logramos sentimos satisfacción.
Orgullo.
Alegría.
El éxito parece confirmar que vamos por el buen camino.
Sin embargo, muchas personas descubren algo inesperado cuando alcanzan aquello que llevaban años persiguiendo.
La felicidad no dura tanto como imaginaban.
Aparecen nuevas preocupaciones.
Nuevos objetivos.
Incluso una extraña sensación de vacío.
Entonces surge una pregunta incómoda.
¿Por qué no me siento como esperaba?
El psicoanálisis no cuestiona el valor del éxito. Lo que pone en duda es la idea de que pueda responder, por sí solo, a todas las preguntas que una persona se hace sobre su vida.
¿Por qué este tema nos afecta a todos?
Vivimos rodeados de modelos de éxito.
Las redes sociales muestran viajes, ascensos, cuerpos perfectos y vidas aparentemente felices.
Las noticias celebran a quienes destacan.
Desde pequeños aprendemos que debemos esforzarnos para llegar lejos.
Y eso no tiene nada de malo.
El problema aparece cuando comenzamos a creer que nuestro valor depende exclusivamente de nuestros logros.
Entonces cada éxito parece insuficiente.
Siempre existe alguien que ha conseguido más.
Que gana más dinero.
Que tiene mayor reconocimiento.
La meta deja de ser vivir.
Pasa a ser demostrar continuamente que valemos.
Y esa carrera nunca termina.
¿Por qué el éxito no siempre nos hace felices?
Solemos imaginar el éxito como un punto de llegada.
Pensamos que, una vez alcanzado, desaparecerán las dudas, la inseguridad o la sensación de falta.
Pero la experiencia suele ser diferente.
Después de una alegría inicial, la vida continúa.
Siguen existiendo problemas.
Conflictos.
Pérdidas.
Nuevos deseos.
Además, el éxito puede traer dificultades inesperadas.
El miedo a perder lo conseguido.
La presión por mantenerse.
La necesidad de cumplir las expectativas de los demás.
En ocasiones descubrimos que alcanzar una meta resulta más sencillo que saber qué hacer después.
La mirada del psicoanálisis
Freud observó que el ser humano no busca únicamente el placer.
Está movido por deseos mucho más complejos que nunca llegan a satisfacerse por completo.
Siempre queda algo pendiente.
Algo que escapa.
Lacan desarrolló esta idea afirmando que el deseo humano nace de una falta constitutiva.
No existe un objeto capaz de completarnos definitivamente.
Por eso el éxito puede producir una paradoja.
Conseguimos aquello que tanto deseábamos.
Y, sin embargo, el deseo continúa.
No porque seamos ingratos.
Sino porque desear forma parte de nuestra manera de estar en el mundo.
Desde esta perspectiva, el problema no consiste en tener éxito.
Consiste en esperar que ese éxito responda preguntas que pertenecen a otro lugar.
Un ejemplo cotidiano
María lleva diez años trabajando para convertirse en directora de su empresa.
Sacrifica fines de semana.
Acepta responsabilidades.
Renuncia a tiempo con su familia.
Finalmente consigue el puesto.
Los primeros días son emocionantes.
Después comienzan nuevas exigencias.
Más reuniones.
Más decisiones.
Más presión.
Una noche se sorprende pensando:
«He conseguido exactamente lo que quería… ¿y ahora qué?»
No significa que se arrepienta.
Significa que comprende algo importante.
El éxito puede cambiar muchas cosas.
Pero no elimina la necesidad de seguir preguntándonos qué deseamos realmente.
Algunas ideas equivocadas sobre el éxito
«Si tengo éxito, seré feliz para siempre.»
El éxito puede producir una enorme satisfacción.
Pero ninguna meta elimina definitivamente las dificultades propias de la vida.
La felicidad no depende únicamente de los logros.
«Quien tiene éxito no siente inseguridad.»
Muchas personas exitosas conviven con dudas, miedo al fracaso o sensación de no estar a la altura.
El éxito no convierte a nadie en invulnerable.
«Solo vale la pena aquello que obtiene reconocimiento.»
Existen logros profundamente importantes que apenas reciben aplausos.
Cuidar de un familiar.
Superar una enfermedad.
Reconstruir una relación.
Aprender a vivir con uno mismo.
No todo éxito puede medirse desde fuera.
«El éxito demuestra quién soy.»
Los logros hablan de lo que hemos conseguido.
No definen completamente quiénes somos.
Reducir nuestra identidad a los resultados nos vuelve extremadamente vulnerables a cualquier fracaso.
¿Qué podemos aprender del éxito?
El éxito puede ser una experiencia valiosa.
Nos permite comprobar que el esfuerzo da frutos.
Que somos capaces de aprender, crear y transformar nuestra realidad.
Pero también nos recuerda algo importante.
Ningún logro puede responder por nosotros a la pregunta sobre el sentido de nuestra vida.
El psicoanálisis invita a distinguir entre el reconocimiento social y el deseo propio.
A veces coinciden.
Otras veces no.
Y esa diferencia resulta decisiva.
Porque una persona puede alcanzar todos los objetivos que los demás consideran admirables y, sin embargo, sentir que vive una vida que no le pertenece.
Para seguir pensando
Quizá el éxito no consista únicamente en llegar más lejos que los demás.
Tal vez tenga más que ver con poder reconocer que la vida que estamos construyendo se parece a aquella que realmente deseamos vivir.
Los logros importan.
El reconocimiento también.
Pero ninguno de ellos sustituye la tarea, siempre inacabada, de preguntarnos qué lugar queremos ocupar en nuestra propia existencia.
Porque el mayor éxito quizá no sea alcanzar todas las metas.
Quizá sea no perderse a uno mismo mientras se intenta conseguirlas.
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