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El deseo del Otro

Cómo los deseos, expectativas y miradas de los demás participan en la construcción de nuestros propios deseos.

Avanzado 13 min
El deseo del Otro

El deseo del Otro

¿Realmente deseamos lo que creemos desear?

Muchas personas han experimentado alguna vez una sensación extraña.

Persiguen un objetivo durante años.

Trabajan para conseguirlo.

Lo imaginan como algo fundamental para su felicidad.

Y cuando finalmente lo alcanzan descubren que no produce el efecto esperado.

Algo no encaja.

Entonces surge una pregunta incómoda:

¿Era realmente mi deseo?

¿O estaba intentando responder al deseo de otra persona?

Esta pregunta se encuentra en el corazón de una de las ideas más importantes de Lacan: el deseo del Otro.


No nacemos deseando solos

A diferencia de las necesidades biológicas, el deseo humano no aparece de forma aislada.

Desde el nacimiento dependemos de otras personas.

Necesitamos cuidados.

Necesitamos palabras.

Necesitamos reconocimiento.

Antes incluso de saber quiénes somos, ya estamos inmersos en una red de relaciones.

Por eso nuestros deseos no se desarrollan en el vacío.

Se construyen dentro de un mundo habitado por otros seres humanos.


La pregunta que nos acompaña

Lacan observó que existe una pregunta que atraviesa gran parte de la vida humana.

Una pregunta que rara vez formulamos de manera consciente.

La pregunta es:

¿Qué quiere el Otro de mí?

El niño intenta comprender qué esperan de él quienes lo cuidan.

Busca señales.

Miradas.

Aprobaciones.

Gestos.

Palabras.

Poco a poco aprende a orientarse dentro de ese universo de expectativas.


El deseo de ser deseado

No sólo queremos cosas.

También queremos ser importantes para alguien.

Queremos ser vistos.

Reconocidos.

Valorados.

Amados.

Por eso gran parte de nuestros deseos están relacionados con el lugar que ocupamos para los demás.

El deseo humano posee una dimensión profundamente relacional.

No consiste únicamente en obtener objetos.

Consiste también en encontrar un lugar dentro del deseo de otros.


Aprendemos a desear

Observa a un niño pequeño.

Muchas veces se interesa por un objeto porque alguien importante le presta atención.

El interés del otro transforma el objeto.

Le otorga valor.

Algo parecido continúa ocurriendo durante toda la vida.

Aprendemos qué es valioso observando a quienes nos rodean.

Aprendemos qué merece ser perseguido.

Qué debe admirarse.

Qué debe evitarse.

Nuestros deseos se forman dentro de una cultura y de una historia compartida.


La influencia de la familia

Las expectativas familiares suelen desempeñar un papel importante.

A veces de forma explícita.

Otras veces de manera mucho más sutil.

Un niño puede crecer percibiendo determinados ideales:

ser exitoso,

ser responsable,

ser fuerte,

ser brillante,

ser obediente,

ser independiente.

Con el tiempo estas expectativas pueden incorporarse a la propia identidad.

El sujeto termina persiguiendo objetivos que ya no distingue claramente de los propios.


¿Qué deseo realmente?

Esta es una de las preguntas más difíciles de responder.

Porque nuestros deseos nunca son completamente independientes de los demás.

No existe un deseo absolutamente puro o aislado.

Todos estamos atravesados por influencias, identificaciones y relaciones.

La cuestión no consiste en eliminar esa influencia.

La cuestión consiste en reconocerla.

Preguntarse:

¿Qué parte de esto responde a mí?

¿Qué parte responde a expectativas ajenas?


El deseo y el reconocimiento

Muchas elecciones importantes están ligadas al reconocimiento.

La profesión.

La pareja.

La forma de vestir.

Las metas personales.

La imagen que mostramos.

En ocasiones perseguimos algo porque esperamos que nos proporcione una determinada mirada.

Aprobación.

Prestigio.

Admiración.

Aceptación.

No siempre somos conscientes de ello.

Pero el reconocimiento ocupa un lugar central en la vida humana.


Cuando vivimos para satisfacer al Otro

A veces el deseo del Otro adquiere demasiado peso.

La persona organiza su vida alrededor de expectativas externas.

Busca constantemente aprobación.

Teme decepcionar.

Le cuesta decir que no.

Le resulta difícil distinguir entre lo que desea y lo que otros esperan de ella.

Entonces aparece una sensación frecuente:

la de estar viviendo una vida que no termina de sentirse propia.


El deseo nunca está completamente resuelto

Lacan insiste en una idea importante.

No existe una respuesta definitiva a la pregunta sobre el deseo.

El deseo humano permanece abierto.

Cambia.

Se transforma.

Se desplaza.

Por eso nunca alcanzamos una satisfacción absoluta.

Siempre queda algo por descubrir, por elaborar o por comprender.


Escuchar el propio deseo

Reconocer la influencia del deseo del Otro no significa rechazar a los demás.

Ni vivir aislados.

Significa desarrollar una relación más consciente con nuestras elecciones.

Escuchar aquello que nos mueve.

Examinar nuestras identificaciones.

Preguntarnos por nuestros ideales.

Y diferenciar, en la medida de lo posible, entre el deseo propio y las exigencias que hemos heredado.


Entre el deseo propio y el deseo ajeno

Nadie construye su deseo completamente solo.

Todos nacemos dentro de una red de palabras, vínculos y expectativas.

El deseo del Otro forma parte de esa historia.

Comprenderlo permite mirar de otra manera muchas decisiones, conflictos y búsquedas personales.

No para encontrar una independencia absoluta.

Sino para ganar algo más valioso:

una mayor libertad frente a aquello que, sin saberlo, organiza buena parte de nuestra vida.

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