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El abandono

El miedo a ser abandonados puede acompañarnos incluso cuando nadie piensa marcharse.

Intermedio 16 min
El abandono

El abandono

Introducción

Pocas experiencias despiertan un dolor tan profundo como sentirse abandonado.

No siempre hace falta que alguien se marche.

A veces basta con sentir que ya no somos importantes para quien antes ocupaba un lugar esencial en nuestra vida.

Una llamada que nunca llega.

Un mensaje sin respuesta.

Una relación que se enfría poco a poco.

Un padre emocionalmente ausente.

Un amigo que deja de estar.

En todos esos casos aparece una misma pregunta:

«¿Qué ha pasado para que deje de contar?»

El abandono no consiste únicamente en quedarse solo.

Consiste en experimentar que el vínculo que nos unía a otra persona se ha roto o ha dejado de sostenernos.

El psicoanálisis entiende que esta experiencia no solo depende de lo que ocurre en el presente. También despierta formas muy antiguas de relacionarnos con la pérdida, con la dependencia y con el miedo a dejar de ser importantes para los demás.


¿Por qué este tema nos afecta a todos?

Desde que nacemos dependemos completamente de quienes nos cuidan.

Nuestra supervivencia no sería posible sin ellos.

Por eso la posibilidad de perder ese cuidado deja una huella profunda en nuestra vida psíquica.

Con el paso de los años aprendemos a ser más autónomos.

Sin embargo, el deseo de ser queridos, reconocidos y tenidos en cuenta nunca desaparece del todo.

Quizá por eso el abandono duele tanto.

No solo perdemos a una persona.

También sentimos que una parte de nuestra seguridad se tambalea.

En ocasiones el miedo al abandono aparece incluso cuando no existe una amenaza real.

Una respuesta más fría de lo habitual.

Un cambio de rutina.

Una discusión.

Cualquier pequeño gesto puede vivirse como el anuncio de una pérdida mucho mayor.


¿Por qué nos cuesta comprender el abandono?

Cuando nos sentimos abandonados solemos pensar que todo depende de la otra persona.

Creemos que el dolor desaparecería si regresara.

Sin embargo, la experiencia muestra que no siempre ocurre así.

Hay personas que continúan sintiéndose inseguras incluso dentro de relaciones estables.

Necesitan constantes pruebas de amor.

Temen que cualquier desacuerdo termine en una ruptura.

Interpretan pequeños cambios como señales de rechazo.

Esto sucede porque el abandono no habla únicamente del presente.

También habla de la manera en que aprendimos a confiar en los vínculos desde nuestros primeros años de vida.

Cada nueva relación despierta, en parte, esa historia.


La mirada del psicoanálisis

Freud mostró que nuestras relaciones actuales nunca son completamente nuevas.

En ellas reaparecen formas de amar, de esperar y de sufrir que comenzaron mucho antes.

Las primeras experiencias de cuidado dejan una marca profunda en la manera en que nos vinculamos con los demás.

Lacan añadió que el ser humano está constituido por una falta que ninguna relación puede eliminar completamente.

Por eso ninguna persona puede garantizarnos una seguridad absoluta.

Esperar que el otro esté siempre disponible, que nunca cambie o que nunca nos decepcione conduce inevitablemente a la frustración.

El abandono resulta especialmente doloroso cuando creemos que nuestra propia identidad depende por completo de la presencia del otro.

Aprender a amar también implica aceptar que ningún vínculo puede protegernos de toda pérdida.


Un ejemplo cotidiano

Miguel envía un mensaje a su pareja.

Durante varias horas no recibe respuesta.

Sabe que probablemente esté trabajando.

Sin embargo, no consigue dejar de mirar el teléfono.

Empieza a imaginar que algo ha cambiado.

Que quizá ya no le quiere igual.

Que está perdiendo el interés.

Cuando finalmente recibe una respuesta descubre que había sido una jornada especialmente complicada.

Nada había ocurrido entre ellos.

Pero durante esas horas Miguel había revivido un miedo mucho más antiguo que aquel simple silencio.

La angustia no nació del mensaje.

Nació del significado que ese silencio adquirió para él.


Algunas ideas equivocadas sobre el abandono

«Solo se siente abandono cuando alguien nos deja.»

No siempre.

También podemos sentirnos abandonados dentro de una relación si dejamos de sentirnos escuchados, reconocidos o tenidos en cuenta.

El abandono no depende únicamente de la distancia física.

«Quien teme el abandono es demasiado dependiente.»

Todos necesitamos vínculos.

El problema no es necesitarlos.

El problema aparece cuando toda nuestra estabilidad depende exclusivamente de ellos.

«Si alguien me quiere de verdad, nunca me hará sentir abandonado.»

Ninguna relación está libre de malentendidos, ausencias o cambios.

Esperar una presencia perfecta conduce inevitablemente a la decepción.

«Superar el abandono significa no necesitar a nadie.»

La autonomía no consiste en dejar de necesitar vínculos.

Consiste en poder construirlos sin convertirlos en la única base de nuestra existencia.


¿Qué podemos aprender del abandono?

El abandono nos obliga a preguntarnos qué lugar ocupa el otro en nuestra vida.

También nos invita a descubrir hasta qué punto hemos depositado en una sola persona la responsabilidad de sostener nuestro bienestar.

El psicoanálisis no propone dejar de amar para evitar el sufrimiento.

Propone comprender qué esperamos realmente de nuestros vínculos.

Porque muchas veces buscamos en el otro algo que ninguna persona puede ofrecernos por completo: la garantía de que nunca volveremos a sentirnos solos o desamparados.

Reconocer ese límite no empobrece el amor.

Lo hace más real.


Para seguir pensando

Quizá el mayor dolor del abandono no consista únicamente en perder a alguien.

Tal vez consista en la sensación de dejar de ocupar un lugar importante para esa persona.

Pero nuestro valor nunca depende por completo de una única mirada.

Los vínculos nos transforman profundamente.

Nos marcan.

Nos sostienen.

Y, cuando terminan, dejan una huella que forma parte de nuestra historia.

Aprender a vivir después de una pérdida no significa dejar de necesitar a los demás.

Significa descubrir que también podemos seguir siendo nosotros cuando alguien ya no está.

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